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Hace mucho tiempo existía en la calle de Michoacán, en pleno corazón de la condesa, un lugar cutre con butacas de cine, loseta vieja y mal parchada. Nebuloso por la falta de ventilación y el exceso de humo de cigarro. Mesas de billar retapizadas, un baño de mujeres incómodo pero con buena música, asistentes guapos y meseras amables. Ese hoyo funky se llamaba Américo.

Quizá porque estaba alejado de las tendecias nioyorkinas región 4 o porque el olor a carnitas del local de al lado nos abría el apetito pero amaba al despeinado, juguetón y caluroso pero interesante Américo. Porque había que esperar a que el vecino de la mesa de enfrente tirara, porque de repente el calor, los rozones y el inevitable contacto visual te hacían parecer más atractivo y proclive al ligue. Porque las mujeres podíamos ir a jugar sin sentirte observada o acosada por los buitres. Los veinte pesos que costaba la hora de bicho sonaban ridículos cuando recibías la cuenta de las chelas. Por culpa de mis amigos sin oficio ni beneficio, diría mi madre, me volví una vaguita y aposté varias veces mi virginidad. Total ya no había nada que perder. Le quite a varios hombres la credencial del club de Pedro Infante, al ser derrotados por mis constantes churros. Por todo eso y mucho más le agarre cariño y en verdad era mi sitio favorito y al cual acudía religiosamente los viernes y los sábados.

Un buen día el dueño, por cierto bastante atractivo, decidió cerrar el congal y remodelarlo. Era el fin de una era. Al abrirlo de nueva cuenta dejó de ser el Américo para convertirse en el Malafama. Mucho más amplio porque se comieron a las carnitas y mucho más chic, lo que eso signifique. Aplaudí el cambio pero ya no fue lo mismo. De todas maneras no me desgrada para nada el chico intelectual, fashion y trendy llamado malafama cuyo pan tomate con serrano es insuperable. Salud!