Un día en la mañana con ojos chinguiñosos y con hartas ganas de estar metida bajo cinco kilos calientitos de sábanas, saco a pasear al Pinole que no perdona su caminata mañanera. Noto que el mundo está al revés porque los coches circulan para el otro lado. Una patrulla da indicaciones a los despistados que vienen en sentido contrario. Mi sorpresa no puede ser más grande y me acerco a los azules y les pregunto que por qué han cambiado el sentido de la circulación. Uno me contesta que así estaba. Aún con las neuronas dormidas le aclaro que no me quiera ver la carita de kellogg que soy vecina del slim center. Sale uno al quite y en tono de sorna me dice que su jefe a si lo pidió pero que le va hacer y que además su jefe es maricón ¿?. Decidí continuar mi camino y no tratar con los pitufos pero algo me dice que esa medida no sólo será de un día. Los semáforos están volteados y hay letreros gigantescos, que no existían el día anterior, dando aviso del sentido de la circulación. Todo sucedió cuando dormiamos.