Caminaba rumbo a mi casa después de que Pinole había hecho sus necesidades, es decir, cagar, miar y husmear en la basura de la Alameda. Cuando a lo lejos ví a un tipo tambaleándose era evidente que estaba pedo-pedo-pedísimo. Conforme avanzaba hacia mi y yo hacia él, quise evadirlo cuasi atravesar la calle pero pensé que había mucha gente y que por supuesto, él estaba borracho. Seguí caminando y pasé de largo pensando que había dejado atrás a ese personaje con la cara ensangrentada y poco equilibrio. De repente escuché una voz aguardientosa que provenía de mi retaguardia. “Hola” me dijo. Pegué un grito que se escuchó hasta el Zócalo, se me encuero el chino ida y vuelta y seguro estuve al borde de la diabetes.

Como un reflejo le empecé a gritar que por qué había hecho eso que me había espantado horrible. Se me quedaba viendo y yo no podía dejar de ver la sangre seca alrededor de su nariz. Pinole estaba frío y hasta se asustó por mi grito. Cuando lo traté de evadir comenzó a seguirme y fue cuando los dos ovarios en la garganta le dije: “Que coños quieres”. Tratando de mantener el eje en vertical, guardó silencio unos segundos y me dijo: “Perdóname”. Acepté sus disculpas y le dije que se abstuviera de seguirme. Apreté el paso dejando al cariensangrentado atrás.