
Le he agarrado gusto a la lectura desde que diseño libros para niños. Eso, y que viajo una hora en transporte público. Admito que en la prepa fueron pocos lo libros que leí; los demás me los contaban. Recuerdo perfectamente el beso de la mujer araña y varios de José Agustin. En lo que va del año he leído seis, superando con creces mi promedio de lectura al año y cada vez me gusta más. Ya logré superar los cabeceos en el metro y el sueño que me da después de la segunda página, además me he dado cuenta de algo, me gustan mucho las novelas en donde haya suspenso, sangre, drogas, sexo, engaño y que el narrador sea un hombre.
La muerte del instalador de Alvaro Enrigue la disfruté enormemente. Amé a Aristóteles Brumell, un millonario coleccionista de arte con mucho tiempo libre y al pobre Sebastian Vaca, un artista instalador víctima de las circunstancias y del juego cruel de su mecenas. Tengo que decir que la manera en que el autor retrata el mundillo del arte en México es maravillosa. Hace diez años que salió el libro y se ve que no ha cambiado nada, basta con ir a cualquier inauguración para darse cuenta de lo que Enrigue habla.
Cuando acabé de leer el libro leí que el creador de dicha joya, que mereció el premio joaquin mortiz de primera novela 2006, supe que había trabajado en FCE. Basta un googleo para conocer a las celebridades. Ufff… madre santísima, virgen de los oprimidos… ¡qué cosa! Si ese hombre hubiera sido mi editor definitivamente le habría tentado las chichitas al diablo. Entra perfectamente en mis clichés varoniles se parece a mickey rourke. No se me hubiera ido vivo. Adoro los romances de oficina porque haces todo lo posible para que nadie se de cuenta de que tienes onditas con un compañero y eso, lo vuelve más excitante.
La foto corresponde al antiguo dormitorio de monjas en la calle de justo sierra en el que habitan varios artistas y en el que luego hacen performances, instalaciones y cuanta madre se le ocurra.