Estuve viendo en la tele el maratón de las chicas en Beijing. Me llamó la atención sus cuerpos esbeltos, la falta de chichi y sus trajesitos onda bikini mientras surcaban las calles de la ciudad china. Parecían gacelas, ash si yo apenas le dos tres vueltas a la alameda y ya vengo sacando la lengua. De repente me surigieron varias preguntas ¿qué se necesitará para correr 42 km y 195 m con la mano en la cintura? ¿en qué piensan mientras corren? ¿estará prohibido llevar música? ¿y si están en sus días se pondrán un tampón o un pegaso? ¿se habrán echado un palenque la noche anterior?

Al día siguiente fue el maratón de nuestra hermosa y caótica ciudad. Desde mi balcón se veía la línea azul que indicaba que por ahí pasarían los corredores. Para empezar hicieron prueba de sonido a las 5 de la mañana. “uno, dos, tres, sí, sí… bueno, bueno”. Luego echaron fuegos artificiales cuando estaba apenas amaneciendo, amo los fuegos artificiales, así que aún con el ojo chinguiñoso me levanté a verlos. El centro era realmente silencioso y eso no tiene precio. Primero ví pasar a un morenazo de fuego custodiado por motocicletas, supuse que era uno de los ganadores y luego vi otro y otro y otro de color serio. Las porras de los que se levantaron temprano no se hicieron esperar. Aunque no vi a Roberto Madrazo, lo estaba esperando con una cubeta de agua helada.