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Casi nunca detengo mi paso. Estoy tan acostumbrada a verlos en el suelo pidiendo limosna que forman parte de la estética del DF, pero algo en esta ocasión hizo detenerme y recular. A lo mejor porque por fin pude sacar dinero sin que el banco me asaltara vía el cajero automático. Un día antes había intentado sacar dinero para pagar mi renta pero no me lo dio y sí me lo descontó. Pensé en las miles de cosas que pude haber comprado con ese dinero, sin embargo después de una queja telefónica y un día de incertidumbre estaba de vuelta. Mi madre últimamente me ha dicho que hay que regresarle al cosmos lo que te da. Así que así lo hice.

¿Ya comió? le pregunté. Hizo movimientos de cabeza en señal de negación. Estaba muy flaca y demacrada. Traía a un chilpayate en brazos y a una niña como de unos 9 años. Así que le dije que viniera que ibamos a comer. Levantó su persona del piso y los tres triques que traía. Entramos al lugar en donde afuera había estado pidiendo caridad: el Vip’s de las antorchas. Cuando abrí la puerta y las dejé pasar casi puedo apostar que fue como escena de película en la que todos voltean a vernos y se hace un silencio instantáneo. Como no había ‘anfitrión’ buscamos una mesa para las cuatro. Yo quería gabinete pero no había, así que fue una mesa. Conforme avanzabamos notaba la mirada de los comensales que no podían creer que estuvieramos “invadiendo” su cafetería.

Tardaron en traernos la carta pero llegó y sí, por algún instante yo pensé que nos iban a pedir que abandonaramos el lugar, pero vamos, estamos en pleno siglo XXI, época en que no se discrimina a nadie. La mesera, que me veía con una especie de ternura y compasión, trajo el menú para niños y vía las fotos, la pequeñita que estaba más que despeinada y con tierra en el cabello, escogió unos tacos de pollo. La madre escogió lo mismo pero en versión adulto, unas sabrosas flautas, tal y como aparecían en la foto del menú. Saben, estaba dispuestas a pagarles un jugoso filete pero dejé que ellas escogieran lo que quisieran. De tomar pidieron agua de horchata y yo la verdad había comido mucho y pedí un café.

Acto seguido la señora preguntó: ¿baño? y le dije que la llevaba porque estaba un poco enredado de llegar, aunque en realidad mi preocupación era que la fueran a sacar. La acompañe junto con su chamaquilla. La niña salió y sólo se enjuagó las manos de las cuales escurría muchísima mugre y luego se las secó en el pantalón. Yo le dije que le había faltado el jabón pero la niña me veía un poco incrédula y extrañada pero siguió mis instrucciones. Cuando la doña salió del baño pude ver que de su rebozo sacó algo que parecía una extensión de su cuerpo pero que en realidad era su bebé. Le acercó la carita a la llave y con la sutileza de un oso le lavó los mocos y la cara enmugrada.

Regresamos a la mesa y atravesamos las miradas que nos dirigían los comensales, no puedo describirlo pero era algo que nunca antes había experimentado, era la incomodidad mezclada con sentimientos encontrados. Mientras esperabamos trataba de enseñarle a la niña cómo escribir su nombre, me entendía a pesar de que no hablaba ni gota de castellano. La mamá se sacó un par de veces la teta para darle de comer a la criatura que parecía una extensión de su cuerpo. La mesera llegó con los sagrados alimentos y una vez más me dirigió una mirada de compasión y bondad.

Sostenía mi café mientras admiraba cómo mis invitadas disfrutaban de su comida. Cuando le pusieron a la pequeña los tacos en la mesa cogió los cubiertos e intento tomar un taquito, le dije que los dejara y le hice una señal con los dedos para que se diera el gusto de comérselos con la mano y me sonrió. Por favor, es como comer pizza con cubiertos. La niña comió despacio untándole bien los frijoles y el guacamole a sus taquitos dorados, en ocasiones le agregaba unas gotitas de limón mientras le daba sorbos a su agua de horchata. La doña fue otra historia. A una mano comía todo con gran maestría y velociddad. Ante mis ojos le dio un bocado a su flauta, la masticó y con su mano la sacó de su boca y se la dio a la bebé, cual mamífero. Pensar que hay madres que corretean a su chamacos para que coman algo. Se terminaron absolutamente todo lo que habían ordenado. Pedí la cuenta, fui a pagar la cantidad de 172 pesos a la caja y cuando saliamos del restaurante. La doña me dio un ‘gracias’ y tomamos caminos distintos.