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La mayoría sabía quién era pero había quienes parecían no prestarle atención. Yo iba a lo que iba. Quería una foto con él y porque no, desearle suerte. Me gustaría preguntarle qué pudo hacer tan malo como para no querer regresar a su pais e imponerse una condena como la de dormir y vivir en ese lugar. Estaba sentado en una de esas mesas incómodas del food court del aeropuerto junto al barandal. Supongo a modo de defensa. Desde que sale en el periódico y las noticias Hiroshi Nohara es famoso. La gente lo busca, cuchichean, lo miran como a un changuito de circo. Será por sus cabellos rojos con harta raiz negra o su aspecto de sinhogar, rodeado por bolsas. Me fijo en sus tenis, están bien chidos. Trae una cobija que le regalaron, según vi en la tele. Duerme. Parece que nadie quiere interrumpirle el sueño, es de mala educación. Yo resisto las ganas y compro una dona en el dunkin que está frente al pasillo que conduce a su mesa. Interrogo a la dependienta. Si se deja tomar fotos, si no es agresivo, si saluda, etc. Ella me dice que es muy tranquilo que los que se quieren tomar fotos no pone resistencia y dice que piden mucho que haga el signo de amor y paz, o que ponga el puño con el dedo gordo hacia arriba en señal de aprobación. No pude hacerlo. No quise despertarlo y decidí que si de regreso lo encontraba despierto entonces sí lo haría.