Conocí a un chico en el parque gracias al Pinole. Teniamos muchas cosas en común y disfrutabamos las caminatas caninas matutinas. Un buen día se aparece con todo y novia. Desde el principio me cayó bien por inocentota, demasiado yo diría. Tiene ese aire poco maleado y campirano que sólo se adquiere creciendo fuera de una gran ciudad. Comenzamos una amistad. Ellos me invitaban a comer, saliamos en la noche y patinabamos en Reforma.
El me parecía simpático y muy agradable pero al convivir un poco más de tiempo con la parejita me dí cuenta que había encontrado un espécimen muy raro: un macho mexicano en peligro de extinción. Ella cocinaba, Él no movía un dedo. Ella limpiaba, Él veía televisión. Él se ponía borracho y le hablaba a las cuatro de la mañana para decirle que la quería, ella apechugaba. Sobrio, la menseaba/pendejeaba y la otra ni muuu decía. La mandaba a su casa cuando se aburría de ella pero la buscaba cuando la necesitaba. Desde la tribuna presenciaba la típica relación sadomasoquista, claro desde mi punto de vista. Como embajadora de la paz trataba de suavizar la situación y pensaba lo desdichada que era la susodicha por aguantar al último de los machos mexicanos.
En últimas fechas cuando lo buscaba, Él me mandaba a su representante, es decir, Ella. Así que en un par de salidas, ya nos habiamos vuelto comadres y trate de hacerle ver lo mal que la trataba y que le pusiera remedio. Una noche le mandé un mensajito a Él para proponerle una caminata nocturna canina. Una vez más me mandó a su representante. La invité a cenar para darle terapia de cantina. Me indignaba ver cómo la trataba y esperaba que ella se diera cuenta. Cuando volvimos a mi casa El le habló a Ella para decirle que se quedara en mi casa porque El estaba muy agusto en la suya. ¿¿¿¿Guat???? Mi sentido de defensora en pro de las mujeres sumisas y apendejadas se desató, al grado de tomar el teléfono, regañar al tipín y ganar una batalla en pro de la mujeres emancipadas.
Cuando colgué me dí cuenta de lo que había hecho. Me metí en lo que no me importa pero ya no había marcha atrás. Él indignado pidió de vuelta las películas que me había prestado. Ahí supe que hasta ahí había llegado la amistad. Aprendí la lección. Siempre hay un roto para un descocido. Si el la maltrataba y ella no se quejaba entonces le gustaba. Moraleja: si ustedes presencian una injusticia de género vayan al oxxo más cercano y compren palomitas, porque siempre se pone bueno.