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Un buen día en la prepa, escuché hablar de un pueblito con fachadas multicolor a la orilla del Papaloapan inundado de son jarocho y fandango. Por falta de vacaciones o dinero no había podido visitar ese maravilloso lugar que muchas veces soñé. Creo que en mi otra vida fui jarocha porque el sonido de las jaranas, el arpa o la marimba erizan los pelitos. La gente deja abiertas las ventanas de par en par y tienes asiento de primera para disfrutar la vida cotidiana de sus habitantes. La calma reina en cada uno de sus rincones y produce sensaciones indescriptibles. No por nada es uno de los patrimonios de la humanidad desde 1998. El lugar que vio nacer a Agustin Lara va dejando ver lo magnífico que puede ser desde el trayecto. Sembradios de piñas que parecen pequeños agaves, bolsas de camarón esperando a ser consumidas, ríos y lagos en grandes extensiones de arena que se convierten en pantanos y un gran puente que te lleva al rincón cerca del cielo. Así fue.