No tengo palabras para describir la sensación que provoca un fandango a media noche con la luna del tamaño de una sandía gigante en tlacotalpan. La música suena, y suena fuerte. Hay un tablado en medio de la plaza y una multitud alrededor. La dinámica es la siguiente mientras el versador esté echando de su ronco pecho unas décimas, se puede bailar en la tarima y echar los taconazos veracruzanos para impresionar a los de por si boquiabiertos espectadores. Cuando el cantante deje de entonar la coplas suben al escenario los siguientes valientes para demostrar quién es quién. La fila es enooormee y los bailarines van desde los muy pero muy chamacos hasta los veteranos. Ustedes han de pensar que son pocos los que se animan a dar cátedra de cómo se baila pero simplemente no alcanza el tiempo para verlos a todos. Por supuesto que casi todos repiten. Siempre he pensado que para el fandango hay que estar vestidos para la ocasión de pies a cabeza. Mi sorpresa fue grande cuando el único aditamento necesario para sacar de las entrañas al jarocho que se lleva dentro son un par de zapatos de tacón y ámonooooss… El fandango duró hasta las 8 de la mañana. Ya quiero aprender a bailar.