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Mucho pero mucho calor. No había visto tanta gente el día anterior. ¿Qué pasa? Hoy sueltan a los toros. ¿Así como en pamplona? Sí, son cebús. ¿Cómo Belcebú? Son toros gigantes. No estoy preparada para el sufrimiento de un animal ni la adrenalina. El uniforme es una playera con diseños alusivos y diademas de cuernos de fieltro. Muchas latas de cerveza. Camarones en bolsa y la expectativa. En el aire se ve un toro. ¿Los toros vuelan? Es un globo en forma de toro. Buamp. Primer toro. ¡Qué miedo! pero qué hacen el de los flanes ahí. ¡Ahí viene el toro! La gente corre despavorida para todos lados y en segundos se vacía el sitio donde antes estaba el de los flanes, el de las bolsas y los curiosos. Falsa alarma. Adrenalina colectiva. ¡Ahí viene el toro! brincan, se esconden… Regresa la calma. Todo parece un sueño. Ya van cinco y no se ha aparecido ni uno sólo por el pasillo donde estamos. De nuevo movimiento y ahora si mucho mas agitado ahora sí hay gente corriendo y aparece el toro. Trota. No es como en las películas o esas fotos impresionantes de las estampidas de pamplona. Son toros viejos dice un señor. Aún así viene detrás del animalote un hombre a caballo. Tan sólo fue un instante. Suena otro cuete, ya soltaron a otro. De repente la gente ya no se refugía ni corre. Traen a uno enlazado y ensangrentado. No puedo más con la indignación y suelto un sonoro “suéltenlo pinches putos a ver si tan machos”. Desde el balcón del hotel de enfrente sale disparado un proyectil de cerveza hacia los verdugos. El ambiente se torna de festivo a indignado. Para mi ha sido suficiente. Malditos. Porque mejor no se lo arrancan si tantas ganas tienen de ver sangre. Los montados rodean al toro que ya no puede caminar y se doblega frente a la iglesia. El show se ha terminado. Todo vuelve a la normalidad.