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La primera vez que fui a la biblioteca José Vasconselos me pareció un exceso en todos los niveles. Una biblioteca que tenía sillas vitra para uso rudo, una escultura de Gabriel Orozco colgando y repleta de computadoras debía de ser primer mundo. Tenía algo que parecía cafetería y acceso al jardín, que dicen se convertiría en botánico. Sentí vértigo al subirme al segundo nivel. Algo hacía sentirme en un lobby de hotel de lujo. Luego pensé que me gustaría pasar tardes leyendo en sillones mulliditos con vista al jardín exótico aunque no se pudiera acceder al acervos porque todavía no estaban catalogados los libros. De repente la megabiblioteca, así como le decían los periódicos, cerró. La mala construcción hizo que se filtrara el agua, creando una escultura acuática que ningún artista plástico pacheco pudo imaginar casi poniendo a nadar de nuevo a la ballena y para acabarla de amolar un buen día las aguas negras se desbordaron convirtiendo al auditorio en una piscina pestilente. Tardaron un año en reabrirla para reparar los daños provocados por terminarla antes de que Fox saliera.

El domingo fui con un poco de morbo. Me imaginaba las sillas vitra en casa de los funcionarios. Desde que entras sientes el clima frío propio de un edificio hecho de concreto, espacios abiertos y techos altos. La ballena sigue en su lugar sólo que ahora la descubrí más pequeña y menos imponente que la primera vez. El silencio es profundo y la calma se apropia de en cada rincón dando la oportunidad de echarse una pestañita. Las áreas de lectura son muchas, los lectores pocos. Hartos periódicos fresquesitos se ofrecían en las mesas. Tomé uno y le eché un vistazo. Se acerca la señorita bibliotecaria y de inmediato pensé que me iba hacer llenar una papeleta. Me explica que el único requisito para consultar el material es dar mi escolaridad. Licenciatura, contesto. De repente me pareció tan insignificante ya que hay fulanos a los que les dicen licenciados y ni la primaria terminaron. Como iban a cerrar a las dos, no quise desperdiciar mi tiempo. Le eché una mirada a las publicaciones. Órale, hay de todo. Fui a consultar las compus para encontrar algo. Búsqueda: Arte. Resultado: Andy Warhol. Uy, amo que lean la mente. Uff, además es el Giant. Siempre lo quisé. Mucho mejor experiencia que verlo en la Gandhi. Pregunto a un amable bibliotecario que me conduce al elevador y me dice que el libro que busco se encuentra en el séptimo piso.

Séptimo piso. Me asomo con un poco más de confianza. Ya no tengo vértigo. Estoy impresionada, es un lugar con mucha más serenidad de la necesaria. Veo la ciudad contaminada y me cuelo a una de las terrazas. Pienso en que podría tener sexo desenfrenado ahí, con vista a la estación buena vista y sin que nadie se daría por enterado. Desde las alturas se ven los jardines, algunas partes se ven descuidadas y secas. No se puede acceder a dichas áreas, las puertas de cristal están cerradas. Arte. Perfecto. Tengo que llegar a los 709. Había olvidado lo divertido que es buscar un libro. Me topo con Marilyn y eminem. Hay verdaderas joyas. Guau, cuánta variedad. Me siento en uno de los sillones cómodos sin que haya una persona a 50 metros. Se acerca el poli y me dice que ya van a cerrar. Conclusión: las sillas panton siguen en su sitio aunque las Tom Vac desaparecieron. Tendré que regresar.