Era 1996. Trabajaba como mesera en una cadena gabacha de restaurantes para solventar mis gustos/estudios. Comenzaban a sentirse los estragos de la crisis. El gerente nos llamó y dijo que probablemente la clientela estaría a la baja por la rotez en los bolsillos. Entre semana el ingreso era diminuto. Si las propinas llegaban a cincuenta pesos me había ido rebien. El gerente de compras siempre traía cara de susto sobre todo cuando revisaba el tipo de cambio. Por ser una cadena gringa tenían que importar los insumos, o sea todo lo tenía que comprar en dólares y como consecuencia el menú tendría incrementos. De todas maneras comenzó hacer ajustes y a poner al chef a regionalizar las recetas. Querían igualar el sabor de la barbecue pero no funcionó sabía a catsup con salsa maggie. Poco a poco fueron recortando gastos. El menú de empleado consistía en papas con algo, papas con jamón, omelete de papa, tortitas de papa, croquetas de papa, etc. Era el comienzo del final.

En el menú existía un exquisito, sublime y todopoderoso pastel de chocolate. Su nombre era Obsesión, sí, obsesión de chocolate. Al primer bocado el betún cremosito se fundía en el paladar junto con los tres pedazos de pastel espojosito chocolatoso unidos por el inigualable y adictivo betún de chocolate. Simplemente un orgasmo culinario. Una bomba de calorías y sabor extasiante. Los clientes preferían dejar las costillas que saltarse el postre. Era considerado un crimen dejar una migajita de ese pastel. Llegué a pensar que le ponían alguna droga o algo. No era posible que esa delicia existiera así porque sí. Tengo que confesar que los meseros se autoponían para llevar el pastel si nadie lo reclamaba. Era el tesoro prohibido. La rebanada costaba una fortuna pero valía cada dolar. Recuerdo una vez que una familia compró un pastel de chocolate completo, pidieron todas las recomendaciones para podérselo llevar hasta Morelia sin que sufriera algún deterioro en el sabor.

Un buen día el cadadíamáasestreadoyagobiado gerente de compras encontró la solución para recortar gastos. Hacer un obsesión de chocolate pirata. Llevó el pastel con un repostero para que copiara la textura y el sabor, como si eso fuera posible. El resultado fue algo como un pingüino azucarado con betún margarinoso de sabor extraño pero no exquisito. Lo puso a prueba entre la clientela. A nosotros nos tocaba explicarle al fulano que venía desde quien sabe dónde por empalagoso pastel que el Obsesión había sido una ilusión. La de caras largas tristes y enojadas que vi. Al ver que las quejas aumentaban en el libro de sugerencias decidió que sacaría de circulación al pirata y traería en el próximo embarque el último cargamento de Obsesión. El triste final llegó, los meseros alentando la venta diciendo que iba a desaparecer del menú lograron agotar el pastel en menos tiempo del que el gerente le había tomado ordenar el pastel y colgar el teléfono. Fue en ese mismo instante donde supe que estabamos en crisis. Justo este fin de semana traía antojo de lo que mi mente asociaba con mi niñez y sabor a chocolate: unos pingüinos. Fue una experiencia desagradable y creo que no fui la única. Sr. Servitje no vuelvo a comprar pingüinos jamás.