Uno de eso días en que el metrobus viene retacado de seres humanos en su jugo, decidí subirme en el área de chicas. Creo que se siente menos feo una embarrada unas tetas pachoncitas a un chile cuaresmeño. Al subir me percate que había un tipo que venía de incógnito en la multitud de féminas. ¿Si sabes que estás en el área de mujeres, verdad? le dije. El fulano contestó que venía lastimado del pie. Ajá, entonces por qué no pides un lugar para sentarte. Ya me voy a bajar. Ahora resulta que si estás lesionado se te cae el pito y te baja la regla. El fulano se bajó (pero no a los chescos, no sean mal pensado) y yo como Oliver Kahn, ama y señora de la portería, no dejé que ningún visitante anotara gol metiéndose al area de porristas que veníamos en el metrobus.

Ojo, no me molesta la presencia de los caballeros, lo que me saca chispas es que no respeten. No importa que nos pongan poli, que por cierto deja pasar a discapacitados, polis y funcionarios quesque para controlar el acceso al vagón de mujeres en el metro. A veces entro al vagón de mujeres con ganas de gritarles: ¡Bola de agachonas! no somos machas pero somos muchas así que saquen a todos los putos fuera del vagón. ¡Ay!, las mujeres tan mensitas ellas, que por mas que hagan leyes para “protegernos” de esos sucios manilargos malandrines, por mas que pongan áreas exclusivas seguiremos siendo el sexo débil. Simplemente no funciona porque en ese vagón van nuestras mujeres, esas que se dejan golpear para que no quedarse solas, que les gritan y les avientan la comida porque no les gustó, que las embarazan y las dejan, que tienen miedo de hablar por temor a represalías. Así que a menos de que pongan a la virgencita (creo que es a la única que respetan) para controlar el acceso al vagón de chicas veremos a nuestros amigos los farinelli muy seguido.

Para mi amiga Ely y todas las chicas que se rifan todos los días en el metrobus y/o metro y hacen que este pais sea el que merecemos.