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Parece un genuino ejemplar de los inuit que se asentó por causas del destino en el primer cuadro de esta ciudad. Es otro de los nómadas del centro pero este en especial me intriga por su forma de transitar. Parece no estar conciente ni del tiempo, ni del clima, ni de la alza del dólar, siempre lo veo con esa enorme chamarra aún cuando el sol resplandece. Sonrie casi todo el tiempo como consecuencia sus ojos parecen ranuras por las que apenas se filtra el astro rey. Camina con parsimonia a veces con zapatos a veces descalzo pero siempre sonrie. Me lo he topado recargado en alguna cortina de algun negocio plácidamente recibiendo los rayos del sol en su cara como si realmente lo disfrutara mientras el mundo se desvanece. Puedo intuir que para el papá de Björk, como lo hemos apodado, el ruido y caos se traducen sonidos de algún lugar lejano y placentero. No sé si lo ví o tan sólo quiero imaginarlo fumando sentado en una banca con esa sonrisa como actor de hollywood de los años 50. Ese hombre me hace sonreir cuando me lo encuentro.