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Cuando veía llegar al Cromagnon con sus converse rotos, mugrosos y con el calcetín de fuera siempre lo amenazaba con tirárselos a la basura en cualquier momento. No lo logré. Me molestaba de sobremanera verlo llegar con ese remedo de calzado. Ufff, a lo que olerían esas cosas. Es mas le dije que si me dejaba aventarlos por los cielos de Santa Fé directo a la oficina de Emilio Azcárraga le compraba unos nuevos. No sé lo que significaban esos tenis pero seguro ya llevaban mas de ocho vidas. La experiencia del zapato sólo la entiende el que los lleva, es por eso lo del dicho de ponerse en los zapatos de alguien. El calzado toman la forma peculiar de los pies del dueño y cuando por fin los logra domesticar puede que sean lo mejor que le haya pasado en la vida. Lo malo es cuando los tienes que dejar ir y ya no valen las limpiadas, las retocadas de color, las idas al talabartero y sólo tu sabes dónde han estado esas piezas de arte póvera. ¡Vaya sorpresas que me llevé en el museo del calzado! Fue una de las experiencias más enriquecedoras del año. Supe por fin lo que era una polaina (y no es un albur) y una babucha además de observar con mis propios ojos el tamaño de los zapatos orientales que se usaban para hacer el pie más pequeño por considerarlo más estético. Hay zapatos del siglo XV que parecen recién salidos de la fábrica. Desde las zapatillas de la reina Isabel hasta el calzado de dos candidatas en las próximas elecciones (una usa la misma marca que la reina). Para mi gusto faltan los zapatos de JuanGa, las botas del subcomanche (¿o usa huaraches?) los de Lorena Ochoa y los zapatos carísimos de Martita. Corran y diviértanse en la galería de flickr. ¿A ustedes zapatos de qué personalidad les gustaría ver?