El sábado venía regresando de mi deliciosa clase de yoga y me subí al metrobus. La verdad iba a dejar pasar ese para esperar uno vacío pero ví un chico harto apantallante y me trepé para sondear a la víctima. Alto, pelos engelados, playera blanca, jeans, tenis y lentes de pasta blanca lacoste. Quedé casi frente a él, bueno en realidad mi boca quedó frente a su bícep derecho. El chicotengoondita se venía agarrando del tubo de arriba dejando en escuadra su brazo; y yo del tubo de al lado esperando cualquier oportunidad para agarrarme de SU tubo. Cada frenada del pejebus hacía mis sueños realidad. ¡Toing! brincaba el conejito. De repente que me llega el tufo de su desodorante mezclado con su sudor. Grrrrr, cerré mi ojitos y aspiré lo más hondo que pude. Oh sí! se había despertado la bestia. Si hay algo que me pone loca son ciertos olores que despiden los hombres. Me le quedé mirando fíjamente al conejito que aparecía de chocolate turín y en cada estación saltaba para decirme “muérdeme”. Casi hipnotizada por su delicioso brazo de piel suave y olor embriagante estuve a punto de saborearlo y tumbarle la cabeza como su idem de chocolate. Ñam, ñam, ñam… No sé que me pasa pero cuando se despierta la leona le da por morder. Quizá es culpa de la yoga porque un día en la clase estabamos en una postura bastante peculiar. Piertas abiertas a lo ancho del tapete, manos apoyadas al piso y cabeza levantada por consecuencia el trasero del vecino quedaba frente a los ojos del de atrás además eramos tantos que la distancia era un lujo. Bueno y de amplia cultura visual salieron un par de referencias porno. Juro que hasta el yogui más zen debe de sentir algo al tener un trasero de frente a la altura de los oclayos. Lo bueno es que el yoguiman que me gusta estaba tres fulanitos adelante sino juro por el osito bimbo y si no que se muera la tía rosa, le hubiera dado una mórdida al trasero tan suculenta que mis dientes pequeñitos se hubieran quedado con un pedazo de glúteo. Benditas las fantasías chaqueteras.