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¿Se acuerdan cuando eran niños y las playas eran limpias, el mar inmpecable en el que había conchitas y nada de gente? Tuve esa misma sensación al llegar a Puerto Arista. Es un paraíso. No sé si es porque no era temporada o porque las costas del pacífico chiapaneco todavía no se las apoderan los grandes resorts ni los ecolocos. Kilometros y kilometros de playa inmaculada hasta donde te alcanza la vista. Un faro en funcionamiento le da el toque melacólico de un lugar olvidado que sin embargo te recibe con absolutamente todos los servicios incluyendo internet gratis, así como lo leyó. Palapas repletas de sillas de coca cola o sol esperando ser ocupadas por turistas que simplemente no llegan. La chela cuesta quince pesos. Hace años que no veía una bóveda celeste tan impresionante casi conté la frecuencia con la que pasaban los satélites, esas lucecitas intermitentes que te hacen pensar en que un mundo nos vigila. A veces el ruido de las cuatrimotos de los lugareños perturba la calma y opaca el ruido del mar. ¡Ah, el pacífico! tan calientito, tan impetuoso, tan impredecible juega conmigo y me da un par de revolcadas con las cuales llamo la atención de la segunda persona en esta playa, el salvavidas. Hace tanto que no me empanizaba en arena tan finita y bronceada. A lo lejos veo a la tercera y cuarta persona en esta playa cuando a mi paso me sorprenden un par de tortugas bebés. Se me estruja el corazón de tal manera que casi se me salen las lágrimas. Ayudo a las pequeñitas a llegar a su destino final antes de que algun perrito playero se le antoje de botana. Es una sensación tan asbsolutamente placentera y extraordinaria que te reconcilia con la naturaleza. Me siento a ver las magníficas olas y pienso que me gustaría saber surfear para dominarlas por un rato. El sol me hace sentir su presencia aún cuando llevo protección solar del 50. El sensor de luz de la cámara lee mi piel como si fuera del color del bote blanco en el que me recargo. Quiero llegar a Boca del Cielo pero ya no tengo tiempo suficiente. Boca del cielo ¿qué no es el lugar a donde quieren llegar Diego y Gael en Y tu mamá también? Dicen que hay un estero de agua dulce que se junta con el mar y que se ubica en la reserva de la Biosfera la Sepultura (merooool) No digan no les conté.