La primera vez que tuve insomnio por culpa del café fue gracias a las tres o cuatro tazas de que me bebí en el Sanborns. Estaba tan bueno el chisme que no podía dejar de fumar y lubricar mis palabras con el té de calcetín, o eso pensé. Cafeina y nicotina en dosis masivas sólo te pueden mantener alerta. Hubo un tiempo en que pasar mis tardes cafeteando en los restaurantes del Buhito era mi perdición; tiempo suficiente para descubrir el enigmático y colorido uniforme de las meseras. Me gustaba imaginarlas como seres sin piernas porque aún en movimiento parecía que al desplazarse flotaban. Era como si su cuerpo empezara a partir del torso como en una especie del genio de la lámpara mágica. Una vez me animé a preguntarle a una vendedora de alimentos en dónde adquiría el objeto de mi deseo, ya me hacía comprando metros y metros de tela para hacerme un traje a la Maria Antonieta. La respuesta fue un poco desmotivante porque sólo les dan dos al año y ellas tienen que hacerles los pliegues y ponerle harto almidón. La única forma de poseerlo era o trabajar en el restaurante o atracar a una servidora de la gastronomía mexican curious. Mil veces me había imaginado ir disfrazada a una fiesta de jalogüin de mesera de Sanborns. Pensé en hacer una copia pirata pero un día inspeccionando la trama de la tela me pareció que tendría que hacerle una gran inversión de tiempo y dinero y lo mejor era desistir.

Cierto día iba sobre avenida Reforma alegremente zigzagueando entre los peatones con mi bici, cantando una estrofa de una canción que dice así ‘vengan a ver mi bicicleta, vengan a ver que linda está-a-a-a-a-a-a, si se quieren subir me la pueden pedir’ que forma parte del aservo de cosas inútiles que archivo cuidadosamente. Apuesto a que nadie la conoce porque es de una pelicula mexicana estelarizada por Evita Muñoz Chachita en la que salía de huerfana, cuyo título no logro recordar pero que esta en mi ludoteca cerebral. ¿En qué estaba? Ah sí! Pedaleaba alegremente mi cleta cuando frente a mi tirado en el suelo aparece un ente amorfo que mi sistema de detección de objetos del deseo ubicó de inmediato. ¡Era una falda de mesera de Sanborns! Metí turbo hasta llegar a ella. Volteé para todos lados pero no vi a la dueña así que como ladrona furtiva la agarre (sí, con un poco de asco) y de inmediato tuve la sensación de sostener un cartón doblado del cual no salió ningún pegajoso u animal muerto, por suerte. La quisé doblar para poderla hacer mas pequeña pero me costó trabajo. ¡Ma que coxa tan tiexa! Cuando vi que no cobraba vida ni tenía cultivos fungi de mole o de influenza lo metí a mi maleta del gym y llegué a mi hogar. Con la curiosidad de Indiana Jones abrí la maleta y saqué el botín. La extendí con mucho trabajo porque ahhh cómo estaba dura la condenada y la examiné con detenimiento. Tenía frente a mis ojos una auténtica y original falda de mesera de Sanborns con olor a grasa de cocina y manchas que ni el Vanish podría eliminar. Me la medí, la ajusté y me planté frente al espejo. Era perfecta, hecha a la medida, ni un centímetro mas ni uno menos y por primera vez sentí lo que las damas del siglo pasado en un corsé. Tiene broches metálicos a lo largo y unos cordones que se insertan en unos hoyitos para ajustarla a la cintura. Fue ahí cuando me percaté que estaba marcada con el nombre de Rosa. Quisé pensar que en un arrebato de besos atascados con su galán la tiró en un descuido y no que iba sola llorando en el camión lamentado la pérdida por distraida.

Así fue. Me puse la falda y me hice hice el peto que complementa el look, añadí maquillaje zombie para darle dramatismo y salí rumbo al jalogüin. Estar enfundada en una cosa tiesa que reduce tu campo de acción te hace entrar en el papel. Obvio toda la noche me llovieron peticiones de ‘unos molletes por favor’ ‘quiero unas enchiladas suizas’ y en un par de ocasiones unos conocedores pidieron unos tecolotes. Descubrí que la bolsa que tiene en medio es doble supongo que en una se meten las comandas y en otra las propinas en todo caso fue un éxito. La pobre acabó apestando a cigarro y colgada decidiendo su destino. He estado tentada a regresarla a su dueña original porque donde la encontré hay un Sanborns muy cerca, la subasto en Ebay, la alquilo o de plano me la quedo para lo que se ofrezca. ¿Qué hago? La moraleja es: Ten cuidado con lo que deseas porque se puede hacer realidad.