xico

No eran del mismo color pero de inmediato tuve un flashback. Ahí estaba frente a la vitrina que contenía unos ceniceros conmemorativos de las olimpiadas de México 68, colección de Pedro Ramírez Vázquez, cuya cédula inscribía anónimo al autor de dicho recuerdo de mi infancia. El cenicero de melamina de forma triangular color naranja aparecía y desaparecía en diferentes espacios de la casa, a veces encima del sillón de peluche azul (segurito de ahí provienen mis gustos exóticos) o en la mesita de patas tubulares con un vidrio que se rompió un par de veces por culpa de los juegos salvajes entre mi hermana et moi. Poco a poco se fue desdibujando el logo de las olimpiadas hasta que el color de la melamina tornose amarillo nicotina y un día desapareció dejando a mi madre como la única sospechosa de haberlo tirado a la basura. Una joya.

El primer vago recuerdo había llegado cuando al darle la vuelta a la exposición me encontré con una sala con muebles de colores macizos, que también aparecía en el archivo de la memoria todos ellos pertenecientes al lobby del Camino Real. Si supiera Ricardo Legorreta que en esos sillones reposaron mis tiernas carnes cada que iba con mi familia a desayunar los domingos. Había entrado al Palacio de Iturbide sólo porque a mi estómago le estaba costando trabajo digerir las sincronizadas rancheras que me acaba de desayunar en los Bisquets, eso y que era gratis. El Museo de la Fundación Banamex alberga exposiciones que pasan sin pena ni gloria sin embargo el título me llamó la atención Vida y diseño. 125 años del diseño en México. Eso de entrar con look de casita a un museo levanta sospechas en los custodios, no te vayas a clavar un vidrio y esconderlo en los pants. “No se permite tomar fotografías” al fin que ni cámara tengo. Snif.

El escritorio de Michael Van Beuren era del mismo estilo que la cómoda que tenían mis papás en su recámara, misma donde un día descubrí que en el cajón de hasta arriba había revistas Playboy. Me percaté que varios muebles tanto sillas como mesas tenían bejuco. Dicho material adornó las maravillosas sillas del comedor con las cuales me entretenía perfeccionando la geometría para que los orificios quedaran redonditos. Me sentí como en casa. El recorrido, que incluye un auto Borgward, avanza cronológicamente hasta llegar a nos jours. Pude reconocer un par de piezas de Hector Ezrawe y Bernardo Gomez Pimienta cuyos artículos se pueden conseguir en las tiendas de la condesa y altavista. Nuevas generaciones de diseñadores coquetean con figuras de nuestra cultura como el chac mool transformandolo en asientos y uno que otro objeto con influencia de Alessi. Me gustó mucho una pieza que se llama Xico, (foto) y un tapete azul con una mancha blanca simulando un pedazo de hielo con todo y oso polar. Salí contenta del viajesote en el tiempo pero con una sensación de que quedó corta la expo y pensando que en unos veinte años podríamos encontrar muebles que compramos con el sudor de nuestra frente y a 18 meses sin intereses.