Cómo olvidar a la maestra Raquel. En la secundaria no había mas que taller de mecanografía así, aunque quisieras aprender cocina, artes plásticas, electricidad o carpintería tocaba chutarse a la maestra Raquel. Su figura era imponente y recordaba a una gerdarme teutona. Güera de cabello corto y chino, corpulenta, chamorros del tamaño de tus dos piernas, altura kilométrica, muy superior a la de cualquier adolescente incluyendo al más alto y desgarbado del salón. Daba mucho mello. De temperamento enérgico y voz de Enrique Rocha provocaba serias dudas sobre su género. Que si era trasvesti, que si se comía a los niños malcriados por las noches, que si con sólo mirarte te convertías en piedra. Por supuesto para los que estabamos condenados a asistir a su curso se nos hacían de yo-yo. Bastaba asomarse al salón que daba al patio a la hora del descanso para ver cómo aterrorizaba a los alumnos.

Aquí aprenden porque aprenden. La maestra Raquel fue muy clara en sus instrucciones. Había que presentarse al salón con un paliacate y el libro del método del cual era autora cuya portada tenía una abejita con gogles de aviador muy sonriente sobrevolando una máquina de escribir. Cualquiera que haya utilizado una máquina de escribir mecánica sabe lo duras que son las teclas y lo difícil que es escribir con todos tus dedos mientras escuchas el golpe en seco de un palo de madera que marca el ritmo de tecleo. Por supuesto las máquinas de hasta en frente eran para los ñoños y masoquistas, cuaqluiera en su sano juicio deseaba estar a kilómetros luz de la poderosísima espada jedi de madera y los gritos que proporcionaba a diestra y siniestra la maestra cuando veía alguien en la lela. “Máquina # 23 no bobée” mientras hacías un rápido y exhaustivo repaso de mental de qué número de máquina te había tocado. A las clases tenías que llegar con tarea en mano. Pobre de aquel que no llevara la tarea. Raquel con sus dos metros de altura se ponía en jarras te veía fijamente detrás de sus lentes y te mandaba al rincón de los burros a que escribieras de pie la frase que le venía en mente. Podía ser un “Debo hacer mi para tarea” o un “Si quiero ser una mejor persona en la vida tengo que ser responsable y no faltar a los deberes que mi maestra me enconmienda” digamos que si estaba de buen humor unas cien veces o si ya llevaba varias clases con alumnos flojos unas 200 o 300 líneas por huevón@. Esa era suficiente motivación para desvelarte los domingos y hacer la tarea.

Sin embargo como todos los villanos Raquel tenía una seria debilidad: los vaqueros de Dallas. ¡Oh sí! a la maestra le gustaba cantidades el fútbol americano bueno en realidad los vaqueros. Ahora creo saber que las mallitas plateadas ajustadas a unas nalgas gigantescas tienen efecto hipnótico y de sanación. Su falda ceñida color azul marino y blusa blanca, que recordaban a una institutriz de las pelis de Joaquín Pardavé, iban de debidamente combinadas con un pin de colección de los superbowls que habían ganado los vaqueros. La maestra era en verdad una persona normal y sonriente cuando hablaba de su equipo favorito. El tono de voz se le dulcificaba y para matar horas clase le pediamos que nos hablara de los vaqueros. Raquel era tan pero tan apasionada de los vaqueros que cuando se acercaban los partidos en los que Dallas jugaba apostaba donas con los alumnos. No, no es albur. Mientras pasaba lista te decía que cuántas donas querías apostar. Creo que nunca hubo alguien que le dijera que se metiera sus donas por la parte mas angosta de su cuerpo. La verdad es que fue la primera vez que le puse atención al fútbol americano y lo disfrutaba. Mi angustia crecía demasiado cuando los vaqueros iban perdiendo y no por las donas que iba a pagar sino por el genio que se iba a cargar la maestra en la clase. No soy tan fan pero cuando juegan los vaqueros no puedo dejar de acordarme la cantidad de donas que me tragué en la secu y lo rápido que escribo con todos mis dedos sin ver el teclado. Ojalá lleguen y ganen el Super Bowl.