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Después de torear durante todo el trayecto a una peregrinación ciclista que iba a ver la virgencita de San Juan de los Lagos, que dicen es muy milagrosa, entramos triunfalmente a Guanajuato. Ya tenía por lo menos unos 10 años sin pisar la ciudad cuya entrada nos recibe con un anfibio. Buen augurio. A lo mejor en una de esas beso un sapo que se convierte en príncipe. Recuerdo que el único guanajuatense que se ganó el mote fue Diego Rivera. Fascinante ciudad en verdad. Huele a leña y pollito rostizado. Recorrer sus calles es una delicia aunque pone a prueba la condición física y el pie plano. Quizá por eso un señor con el aire entrecortado le dijo a su esposa mientras caminaba por una de las pendientes “por eso no hay gordos aquí”. ¿Qué tiene de encantador? Todo y nada sin olvidar que parte de nuestra historia está encerrada los rincones de esta ciudad. Como ese cubo inmenso de piedra al cual todos llamamos familiarmente “La Albóndiga” que tuvo suspendidas durante 10 años las cabezas de los insurrectos y para que la memoria no fallé en cada esquina hay una placa con el nombre de los decapitados. Spooky.

El cielo es imposiblemente azul tanto que cualquiera diría que fue retocado en photoshop. Ni el cielo de Springfield tiene esas nubes me cae. Cuando era estudiante y vine por primera vez a una práctica de foto una oriunda me dijo que Guanajuato es como una cazuela y se entiende perfectamente cuando desde la vista del Pípila se aprecian sus construcciones. La buena vibra se contagía aún cuando un mimo en el Teatro juárez expone a los despistados mientras sus expectadores sentados en las escaleras son presas de su peculiar humor. Al parecer ya he logrado superar el trago amargo de ver desaparecer de mi cámara las instantáneas que tomé en la carretera por culpa de la tarjeta de memoria. Guanajuato, patrimonio cultural de la humanidad y sede del Cervantino al cual debo de confesar no he ido, está repleto de callejones, esculturas de bronce, antenas parabólicas y letreritos con gótica. En las plazuelas hay cafés, fuentes y una calma inaudita ni siquiera una lluvia fulminante hizo que nos movieramos de la terraza. Ahora entiendo lo de las placas de inundación de 1905 cuando llueve no se anda con mam….. Perderse en sus calles y especialmente los túneles es como meterse en un laberinto y esperar a que salga el conejo del reloj a decirnos que ya se nos hizo tarde. Ah, los cables de luz, tan metiches ellos, no pueden evitar salir en la foto.

Los peregrinos ruidosos con toda su prole, ejemplo de la bonita familia mexicana, han colmado las habitaciones del hotel por lo que decidimos buscar algo mas adecuado a nuestra idea del descanso. La hospitalidad es abrumadora definitivamente es casi como llegar a casa de unos amigos. El mercado es una bomba de color y chinerías sin embargo todavía hay puestos que venden artesanías mas allá de las ranitas en cualquiera de sus formas y souvenires como el de “mis padres fueron a Guanajuato y sólo me trajeron esta pinche playera”. La vista desde el segundo piso te hace viajar a a otra época quizá el mercado haya sido antes una estación de tren. Sin ninguna expectativa decidimos entrar al museo de cera a ver a los guanajuatense famosos. Una joya. El ataque de risa hace que las lágrimas se nos salgan y todo por culpa de la última sala. Love is in the air. Corazones grafiteados en las fachadas de las casas. El amor se respira y casi se me olvida que nos ha caido la maldición por no besarnos en el tercer escalón en el callejón del beso. Guanajuato no es muy diferente de cómo lo recordaba aunque ahora sabe mucho mas rico.