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Magia pura. Las torres del chopo fondeadas con un atardecer naranja y el letrero de neón de Hotel Garage. Vecinos de una colonia que cuando se inauguró por primera vez era de alcurnia. Edificios art nouveau y pure high society eran los habitantes lo que ahora se encuentra en ruinas en cuyo mote lleva el pecado: Santa María la Ratera. Es difícil creer que este lugar solía ser chic sin embargo como buen guerrero vengador el museo del chopo resiste como los grandes. Vaya recibimiento. Un hombre sonriente peludo de hasta por donde no y cuya única prenda era un gorro mostraba una manta dándole la bienvenida de nuevo a la cultura en este espacio. Shock. Hubo quien se tomó la foto conmemorativa con el traje nuevo del emperador. Mucha gente. Tan grande e inmenso es el espacio que parecemos chícharos en cazuela grande. Tiene un olor extraño como a limpiador de baño, sauna y material recién puesto. Hace calor y mucho. Un espejo gira en el centro del salón principal. La gente se acerca y cuyo primer impulso es detener el movimiento sin embargo hay un chico que los disuade porque al artista casi le da el infarto y le ha encomendado la tarea de evitar que la curiosidad pueda mas y destruyan el mecanismo de la pieza.

Aquí estamos la fauna de las inauguraciones: periodistas, fotógrafos, los caripudientes, estudihambres, gente del barrio bien emperifollada, artistas con look atormentado y las doñitas con harto animal print. Porque claro, no puede faltar la textura de tigre o leopardo en las prendas para darle dramatismo. Las piezas con penes y vaginas cautivan a un adolescente que sin dudarlo dice: aquí podría pasar toda mi vida mientras admiraba la imagen de una chica desnuda de cuerpo perfecto. Una puertita por la que entra y sale gente llama mi atención. Es el jardín y es enorme. Abarrotado de meseros y hambrientos que han decidido instalarse en las mesas puestas para degustar la gastronomía preparada para la ocasión. La persecución a las charolas es evidente y no es por nada pero las empanaditas de carne con chimichurri, las brochetas de pollo teriyaki y las tostaditas de salmón han despertado el instinto gourmet de los presentes. Doy la vuelta y veo a la mujer mesa con todo y mantel. Se dice un poco asustada porque habla de una bola de gandallitas que cada que llegan a ponerle un plato en la mesa casi la tiran.

Aún a pesar de mi acrofobia me animo a subir al último piso. Tengo un deja vu. La sensación de vértigo es la misma que tuve con la biblioteca Vasconcelos. ¿Será el ego de los arquitectos que marea y no las alturas? Madera, concreto, cristal y para variar esos pisos que con tacones es imposible recorrer. Lo primero que recibe a los visitantes son los sillones y las Imac de 27 pulgadas. Me emociono. Ya quiero tuitear. No hay internet. Decido continuar con el recorrido y encuentro el paraíso. Un balcón con las fotos de chicos banda y la luna de invitada. Qué tranquilidad. Me da la impresión de que el espacio le ha quedado grande a las exposiciones que se ven rebasadas por la amplitud de las salas. Pongamos changüitos para que no lo cierren al igual que la Vasconcelos después de un par de meses inaugurada por la mala calidad de los materiales. Larga vida al Chopo.