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Mencionen la fantasía. Las ví todas. Fetiches mas o fetiches menos pero ahí estaban desfilando. No importa si eran plumas, zorros, peluches, diamantina, látex o a pelo. Ir a la marcha por el orgullo gay es una fiesta de color. Una marcha gay sin música es como Peña Nieto sin gel. A veces había que esperar largo rato para escuchar algo con ritmo. Incluso hubo quienes sacaron el celular con altavoz para animarse un poco. A los disfraces les faltaba el beat. Cuando llegaban a pasabar los camiones todo era alegría y baile incluso con coreografía para Jeans y Thalía. Los norteños regalaban sombreros y yo casi imploré por uno porque de no haberlo hecho el sol me hubiera convertido en pollito rostizado. Yo no iba preparada para tanto calor. Más me daba cuando veía pasar botargas o chicos empeluchados. Siempre tan cooperadores para la hora de la foto posaban, bailaban y hacían gestos. Pucha con pucha, lesbianas a la lucha. Ese bigotón también es maricón. Señora Hinojosa porque parió esa cosa. No que no, sí que sí, ya volvimos a salir. Carteles con alusión a Monsi, un cristo ensangrentado, jinetes del apocalipstick, cardenales jacarandosos, un diablo y miles de banderas multicolor que se mezclaban con las mexicanas a propósito del mundial. Los coches sobre la lateral de reforma avanzaban lentamente con conductores boquiabiertos entre incrédulos y atónitos con celular en mano. Curiosidad y asombro. Sí, cualquiera puede ser el tío, el primo, el jefe o el vecino pero con maquillaje. Yo babeaba por instantes con los pectorales aceitados y casi le propongo matrimonio al poseedor de las pompis con el chon de Hello Kitty. Por fin encontré una camioneta con bocinotas y Lady Gaga. Brinqué y me fundí con la multitud multicolor. Esto es el bicentenario.