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A veces la nostalgia nos trae a lugares insospechados y fácilmente la necesidad de saber en qué acaba la historia se arma de valor y se mete a un cine a punto de caerse. La curiosidad mató al # pero no a Hello Kitty. El cine ópera me trae muchísimos recuerdos de infancia. Ahí vi prácticamente la mayoría de los estrenos de los ochentas. La memoria aseguraba que era majestuoso sin embargo 20 años después la trama era completamente diferente. La puerta de emergencia abierta mas el sonido de la tele y el olor a tortilla de comal hicieron que me animara a asomarme y entrar. Era ahora o nunca. Después de convencer al personaje que vigila el lugar pedí recomendaciones para que no me tragara la tierra, me explotara la estrella de la muerte o que cayera en un agujero negro y profundo como mi suerte. Sólo no se suba al escenario. La madera ya está podrida.

El vestíbulo estaba casi como lo recordaba con las magníficas escaleras que me hacían pensar que de ahí bajaría el prince charmant o en su defecto el chambelán con una rosa en la mano. Sí, creo que he visto demasiadas películas de amor, y qué. Destruido, empolvado, los candeleros desvalijados comencé el ascenso a la planta alta. Mientras me fijaba en lo intacta que estaba la decoración me percaté unas manchas de sangre secas. No recuerdo la última vez que pisé ese cine pero sé que con el tiempo el piso se hizo pegajoso y con la oscuridad, un inmenso catálogo de perversiones. El sonido de una gotera era lo que ahora inundaba la enorme sala. De proporciones mayúsculas el espacio era suficiente como para esconder la nave de MIB. La luz que penetraba por los orificios del techo caído daban la sensación de estar siendo invadidos por los extraterrestres o el rescate a E.T. Creo que aquí fue donde la vi. Las gotas de sangre sólo prendieron los interruptores de alarma lo que menos me preocupaba es que pareciera una escena de 28 days later sino que en vez de zombies me salieran unos moneros manchados, no precisamente los que dibujan feo. Soy ninja pero también consciente de que aunque sacara mi arma super poderosa, el grito para LuisMi en concierto, estaba segura de que no me escucharía ni Dios padre. Me cuidaba hasta de mi sombra.

Pisaba con aplomo y angustia y no son buenos consejeros. El día anterior se había caído el cielo y lo que menos quería era que se terminara de caer la losa en mi cabeza. Vencidos los miedos y la parte donde sientes que hasta un estornudo puede detonar el desplome de cualquier cosa admiré la belleza de uno de los últimos sobrevivientes del séptimo arte que todavía no hacen estacionamiento, condominio, puticlub o en el mejor de los casos librería. Diablos. Qué lindo era. Me recordó tanto al cine de Inglorious Bastards en sus épocas de gloria. Me animé a subir al segundo nivel y llegar hasta donde estaba el cácaro. Ahora me queda claro que las últimas filas no eran aptas para ver la película. Las teles de ahora se aprecian mejor que la pantalla del cine.

Conforme exploraba la inmensa sala se me hacía chiquito el corazón. Las pasitas con chocolate, la bolsa de palomitas de tres puños, los pies en la butaca, la chamarra en el asiento de enfrente para que no se sentara algún grandulón que no dejara ver la pantalla y el sonido ahogado en la lejanía. Estaba viviendo mi propio Cinema Paradiso. Mientras más avanzaba mas estaba destruido. Cuando pasé por debajo del enorme candelabro con el techo agrietado supliqué que no fuera en ese instante cuando se le ocurriera hacer caida libre sin embargo algo me hizo retroceder. Una escena gore con toque de Psicosis. Un cacho de pintura salpicado a la Pollock con una balastra con alambre oxidado y un pedazo de espejo con tanta hemoglobina fresca que Edward Cullen se habría dado un festín. Camaradas, es tiempo de emprender la retirada o lo que es lo mismo aquí corrió que aquí quedó.

Ya no tuve valor de subir por las escaleras oscurísisisismas como la conciencia de ciertos políticos y acceder al cañón de luz que proyectaba imágenes en movimiento a tanta distancia. El olor a humedad, el polvo y el olvido se apoderaban de cada rincón de esta maravilla que por alguna extraña razón dejaron caer. ¿Qué habrás hecho para merecer esto, querido cine? Una escultura hecha con pedazos de madera de alguna secta onda la Blair witch project adornaba uno de los costados del descarapelado recinto. Estaba absolutamente extasiada viendo como los rayos de luz caían en la penumbra del cine. Ya sabía el final de esta historia así que me despedí de él agradeciendo todos y cada uno de los maravillosos recuerdos y que probablemente gracias a esa experiencia me gusta tanto el cine. Hasta siempre cine Ópera.