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Treinta minutos fue el tiempo que tuve para explorar la comadre de la ciudad de la eterna primavera. Tiempo suficiente para darme un atascón visual y una vuelta a la redonda. Pasumecha ¡cuánto color! en las plantas, en los letreros, en las fachadas. Verde para donde voltearas. Es como si el tiempo se hubiera enamorado del lugar y comprado un terrenito porque el sitio le pareció tranquilo y delicioso. Para variar lo único ruidoso son los camiones de gas. El indescriptible calor morelense tiene un efecto en mi, siempre me dan ganas de despojarme de mi ropa y querer meterme en una alberca de agua helada. Mi cerebro juega memorama todo el tiempo y descubrió varias estéticas una frente a la otra y un par de coches muy simpáticos con copetes. Buena ondita provinciana y ganas de tener una casita de fin de semana para echar la huevota y para criar chivos. Muuuua. La procesión de niños y mujeres primero, bugambilias de color rosa intenso, el movimiento de las nubes, mas la bendita cecina de yecapixtla me hicieron querer regresar.