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Cómo nadie me daba respuesta sobre el museo del tequila y el mezcal me fui a dar un volteón por la tierra de los mariachis en el DF. Creo que nunca había pisado Garibaldi de día. Es más no me acordaba de cómo era. Sólo las travesuras que cometí como aquella vez que nos metimos al quince a fajonear junto a militares, transexuales, efebos y quimeras. Un verdadero aquelarre. Calles remozadas, esculturas de los representantes de la música vernácula y las benditas palmeras que tanto le gusta a Marchelo poner en las remodelaciones. Aunque la mona se vista de seda drogada se queda. No es por nada pero reinaba la tensa calma. Esa sensación de que en cualquier momento te puede salir un teporocho, un asaltante o el fantasma de la parkita te ponen en estado de alerta. Aún cuando conté cinco patrullas y los antros que a todas luces se veían de mala muerte están clausurados se sigue sintiendo la decadencia en cada rincón. Me pareció que le echaron ganitas en dejarlo bastante presentable al valiente turismo que nos visita sin embargo le hacía falta algo. Pulquería y cantinas, palomita; mariachis, palomita; turistas, palomita; ahhhhh ya se que es lo que falta, la mismísima noche. Sí, la bendita oscuridad alcahueta que hace que todo tenga otro estado de ánimo y etílico. No es lo mismo salir borracho de día que de noche. De día eres un alcoholicazo y vas directo a AA pero de noche te la estás pasando bomba cante y cante las de Jose Alfredo, Chente o Cantoral (q.e.p.d.) Mientras caminaba escuchaba los acordes de los mariachis y me comenzaba a salir Lola, Beltrán que no la trailera. Ni frío ni calor un poco desangelado y sin chiste. Quién sabe que tiene la noche que le pone la onda. A lo mejor son las luces negras en las pinturas fluorescentes.

El cascarón ya está listo. Quedó muy cuco con los vidrios esmerilados y estampas de las siluetas de los mariachis que lo usan como periódico mural para sus juntas y avisos para que hagan el examen de vihuela porque sino no pueden ejercer la profesión. A esa hora los mariachi con harto kilometraje proceden a ejecutar la canción que el paseante requiera. ¿Dónde quedaron los jovenes mariachis corretea coches? Me asomé a ver las tripas a ver si por lo menos se atisbaba un rayito de esperanza pero vi material amontonado y parecía estar así desde hace rato. Se me hace que todavía le cuelga. ¡Qué desilusión! Yo que me quería echar un mezcalito con sal de gusano y naranjas. Salivé. La tripa rugía asi que hay que dale a tu cuerpo alegría Macarena. Giré para ver lugares para comer y frente a mi el Tenampa. ¿pour quoi pas? Ah jijos. Tan mal estaba cuando entré la última vez que no recuerdo los acrílicos de colores, ni el retrato de juanga, ni la barra kilométrica, vamos, ni si quiera que era de dos pisos. Me senté en unas de esas mesas dispuestas para una comitiva numerosa y ordené unos tacos de pollo. ¿De tomar? Sírvame una botella que me quiero emborrachar. Siempre he querido decirle eso al mesero pero guardé a mi Chavela Vargas para otra ocasión y pedí una naranjada, sí, naranjada sin hielo por aquello de la tos. No quise dar demasiada explicación porque seguro acabarían convenciéndome de que un tequila para es lo mejor para curar un resfriado. Eramos tres tristes mesas en un inmenso salón de asientos color vino, servilletas estampadas, mesas negras y miles de anécdotas. Canción $80. Las letras de las canciones delineadas con amarillo potente para cuando apaguen las luces y prendan las negras. Los mariachis no estaban locos ni querían bailar pero sí viejitos y uno se parecía a Chente. No me quedé con ganas de preguntarle si lo comparaban a cada rato con el que no para de cantar si no dejan de aplaudir. Cuando las damas me conocen me prefieren al original. Ándele pues. ¿una canción? no merci. La próxima vengo con la banda que picha las mujeres divinas y el cielo rojo.