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¿Cuánto tiempo podría aguantar en un lugar como este? Es la primera pregunta que me llegó a la mente. Un mes así sin dudarlo fue la respuesta. Sol, arena, mar y absolutamente nada que hacer. Honestamente viniendo de Changotitlán se busca con devoción y absoluta religiosidad la calma y el bendito silencio elementos impensables en una ciudad tan asquerosamente caótica como esta. La oferta de pasar cuatro días en una playa de la cual me habían hablado maravillas era demasiado tentadora para ser ignorada y rechazada sin contar que mi color verde oficinero ya comenzaba a preocupar a propios y extraños. Al pacífico nunca hay que negarsele. ¿Qué tan terrible es ser jipi por cuatro días? Yo veo que se la pasan bomba además viajar ligero comienza a ser mi filosofía y mas si vas a un sitio donde no hay mayor actividad que flotar en el mar panza arriba.

Olvidé el rastrillo, el desodorante y el brasier en casa a propósito. Nada de trampas. Pocas prendas pero eso sí un kit alucinante de cremas de protección solar del 50 y repelente. Los rayos UV y los moscos no pasan en esta delicada piel. Seguro al ser una playa con tanta libertad se podrá utilizar el traje de Eva sin afectar el desarollo psicológico y emocional de las familias que se encuentran a tu alrededor como en Cancún que un monito del hotel donde me hospedaba me pidió que cubriera mis deslumbrantes y blancas chichis. Pfff. Las Lolas también vinieron al viaje y se quieren broncear.

Despúes de una hora de avión mas otra hora de carretera estabamos en Mazunte, tierra de los cangrejitos playeros de todos los tamaños, motivo por el cual este cachito de tierra oaxaqueña adquiere su nombre. Posada a la orilla del mar, habitación rústica con una tabla flotante amarrada por cuerdas y un mosquitero que le daba un aire inmaculado. Simplemente encantador. Puede ser la razón por la cual está plagada de turismo ojiclaro y acentos exóticos. La primera gran señal de que has llegado a territorio jipi no son los personajes con dreadlocks, tatuajes, pantalón de manta, torso desnudo con bronceado perfecto y yambé en mano, no señora, la señal divina es que no hay señal de celular. ¡Perfecto! con eso puedo lidiar sin pedos.

El mar lo cura todo. te hace olvidar el último mensaje pedorro de Calderonchas, la marcha que te desvió de tu ruta, la peste a humanidad y perro mojado del metro hasta la asquerosa derrota de los Pumas. El mar te hace olvidarlo todo. Te seduce atrayéndote a sus entrañas para que juegues con él. Comienzas a descifrar cuando está calmado, enojado, triste o juguetón. Eufórico o encaprichado. El pacífico es así. Temperamental. Por lo mismo vale cada uno de los revolcones que te sacan con arena de cualquier hoyo clausurado. Esto es vida y no pedazos. Creo que me ví corta se puede aguantar más de un mes pensé. Taco de ojo, comida fresca, mente en blanco, lectura playera, mar limpio y la caricia del sol en la piel. Hasta unos seis meses. Los lugareños desarrollan habilidades para predecir el clima si hay cielo estrellado en la mañana habrá sol. Pescan, como ellos dicen, extranjeras o infecciones pero algo sacan incluyendo peces atrapados con redes hechas a mano y GPS que los conducen hasta las 150 millas donde encuentran agujón, el pez local, y otras variedades como huachinango y cazón sin embargo por ningún lado vi cangrejo como platillo regional. Y abundan al igual que los perros callejeros sin cola.

Es fácil ser jipi. Andar por la vida con sólo un par de prendas, buena ondez, que te valga un pepino la textura de tu cabello y si traes arena pegada en el fundiu. Vivir de tocar tambores, jugar con fuego, dar clases de yoga o hacer artesanías como pulseritas tejidas inclusive hasta dar masajes a los turistas. Mas el ingrediente principal una buena dosis de mota orgánica. Los jipis al parecer no se enteran de la falta de empleo, ni de los narcomuertos, ni del bicentenario, ni de los niños obesos, ni de los gays que se casan y adoptan hijos, nada de eso. Se puede vivir sin teléfono, sin tele con o sin cable, sin cines, ni librerías, ni cafés con terrazas pero sin internet eso si me pondría en un dilema.

El sitio es un oasis de relajación. Los tiempos corren a distinta velocidad es por eso que los chilangos nos ganamos tan mala fama por impacientes. Aún con contacto pleno y directo con la naturaleza comencé a incomodarme al tercer día. Ya me hacían falta muchas cosas para estar en condiciones óptimas empezando por un buen baño de agua caliente mas la sensación de estar seca y no pegajosa por culpa de las copiosas dosis de bloqueador. Ya no me pareció tan encantadora la cama/tabla suspendida porque cada vez que me movía tenía la sensación de que estaba temblando. Me di cuenta que no puedo estar sin hacer nada. Cuando recién llegué me intrigó un chico que estuvo sentado todo el día en la cafetería con su computadora teniendo el mar a escasos metros repitiendo al día siguiente. Por favor, estás en el pacífico sal y diviértete. Probablemente no había pensado en que le había pasado la euforia igual que a mi y sólo quería chatear y estar pegado a la compu. Maldita adicción computina. O quizá era uno de esos escritores que se van a un sitio tranquilo para poder escribir el best seller. Sea la razón que sea mi límite de tolerancia al jipismo cayó como acción de Mexicana en la bolsa de valores. De seis meses llegué a la cifra divina, tan sólo una semana sin hacer nada no mas. Llegué a la conclusión de que ser jipi también es duro y claro que se puede acostumbrar una a esa vida siempre y cuando lleves algún objetivo. Cazar un extranjero soltero, acabar un libro, aprender a surfear, liberar tortugas, regentear un hotel, pescar con tu propias manos o agarrar un bronceado de magnate. Lo que sea que te haga feliz y a mi lo que me hace feliz es el mar con moderación y regresar a mi cama mullidita con sábanas limpias y edredón de plumas.