He decidido que para el próximo cumple haré una fiesta cachún. Sandwiches de triángulo con jamón, queso amarillo, mayonesa y mostaza además de las infaltables gelatinas. Lo bueno es que ya encontré las gelatinas.




Esta última es mi favorita. No se sabe si es spiderman, místico o un alien. Se me olvido preguntar si el plumón con el que pintan las caritas es 100% vegetal.
Imaginen que se inscriben a una carrera. Pagan su cuota para que les den un kit de corredor (playera, chip y artículos de los patrocinadores) Llegan puntualmente a la cita en el Zócalo y están listos para correr. Traen puesta la playera y las ganas de mejorar su tiempo o en el mejor de los casos cruzar la meta para recibir la respectiva medalla. Van en el kilometro tres y están a punto de atravesar eje central pero hay un pelotón de coches cuyos conductores decidieron darles ánimos tocando el famosísismo ta-ta-ta-ta-taaaaa y además dispuestos a dejarlos cual corcholatas en el pavimento. Todo porque a los de la SSP se le olvidó cerrar la calle. Ufff logran cruzar.
Los patrulleros, de pelotas, deciden cambiar la trayectoria de la carrera y la dirigen hacia las calles del primer cuadro de la ciudad. Total, es mejor que cerrar eje central. Ahora vas por el kilómetro cinco y junto de tí pasan varios coches a toda velocidad. Ohhhh ¿no que habían cerrado las calles? Con tanta adrenalina en la sangre y pensando que les vas a mentar la madre a los organizadores por su falta de logística comienzas a notar que, a menos de que te hayas fumando un churro en la mañana, estás viendo visiones.
Unos monitos con look del acertijo, corren a tu lado, te dan palabras de aliento y hasta porras te echan mientras te obsequian una bebida refrescante. Caes en cuenta que no traen la playera sino la marca de una bebida para deportistas. Son como los ángeles verdes de los corredores y entonces piensas: ahhh los publicistas, seguro uno de ellos es corredor y le surgió la idea mientras estaba dando las nailons y deseó con todas sus fuerzas tener algo de beber o compañía. El resultado son los hombres verdes cuya chamba consiste en hacer lo que más les gusta, correr, y si además les pagan pues que mejor, aunque el uniforme de trabajo sea una licra verde de pies a cabeza.
¿Se han fijado que en varias fondas de repente hay platos de Vips o de algún otro lugar que no es precisamente el logo de la fonda donde están comiendo? Un par de veces había pensado que los dueños de la cocina económica tenían ciertos delirios aspiracionales restauranteros, y que por esos sustraían a escondidas las salseras del vips o los platos del sanborns, para que los comensales sintieran que disfrutan de sus sagrados alimentos en un Vics. Hoy descubrí el enigma.
Dando una vuelta por las tienda de artículos de cocina llamado Anforama. Me metí a comprar una taza de melamina para un compañero, que tiene la mala suerte de que las señoras de la limpieza le rompan a cada rato su taza de café. Cuando iba saliendo justo en la entrada mientras sonaba el reggaeton a todo lo que da, vi a una señoras repletando con singular alegría su canasta de compras con platos de melamina ponderosa de a cinco pesitooo, cuyo diseño consistía en unas caritas de niños dibujadas junto con la leyenda de DIF Tamaulipas desayunos escolares. ¿Pero a quien le interesaría comprar platos del DIF de tamaulipas? No era precisamente un diseño atractivo.
Cuando de repente para responder a mi pregunta junto a los platos se iluminaron ante mi unas salseras del Vips. Peroooo claaaarooooooo. No es que los de las fonditas se anden chingando los platos del Vips sino que la vajilla que las grandes cadenas restauranteras desechan, o les sobra, o que no quieren, las rematan en el Anforama. Hmmmm. Misterio resuelto.
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Ahora digamos que pones tu restaurante y lo quieres personalizar poniéndole tu logo hasta en la loza. Le pides a la gran industria de cerámica para restaurante y hoteles llamada Anfora que lo haga. Te entregan tu pedido y san seacabo. Luego por asuntos de la postmodernidad acabas comiendo en una fonda y te das cuenta que tienen tus platos maravilosos y exclusivos platos. ¿Qué es lo primero que te viene a la cabeza?
a) qué buen gusto tienen estos muchachos
b) ¿cómo los sacaron del restaurante?
c) Muy buena publicidad
d) ¿Cuántos platos les habrán sobrado de la producción?
y en cuanto Anforama, la casa siempre gana.
Deposite aquí su felicitación, buenos deseos y regalos. Hoy tengo que entregar un libro bombero pero con suerte y queda tiempo para ir a echar unos alcholes/gorgoritos al perro bar (hoy es noche de karaoke) y un dancing al Mama Rumba. ¿Quién dijo yo?
¿Cuánto apuestan a que cualquiera de esas dos mesas (llenas de cabrones) hit on you before 11:30? Nos mirabamos sin saber cómo reaccionar. Ely se paró a fumar, Angela sonrió y yo no entendía una gota de lo estaba sucediendo. Su nariz larga y afilada que combinaba con su barba partida capturó mi atención, eso, y su adorable acento inglés. Con trago en mano trataba de hacernos la plática, en inglés. El asunto sobre batear ligadores borrachos insoportables es una moneda al aire. Es como un juego, primero lo dejas tirar su choro mareador mientras guardas silencio y lo miras como especie en peligro de extinción. Luego te fijas en otras cosas que probablemente le compren minutos antes de ser expulsado del asiento. Su traje azul, camisa de cuadros grandes y corbata con nudo semichueco me provocó una sonrisa. ¡Cómo me pueden los hombres de traje! Fetichista soy.
Sacó su tarjeta de presentación porque no entendíamos bien en lo que trabajaba y si estaba de paso o ya vivía en la capirucha. Inversiones • patrimonio • retiro, decía al reverso, y por alguna extraña razón nos pidió opinión sobre si debía eliminar la estrellita en barniz transparente pues la empresa le mandó hacer unas pero no estaba muy convencido con respecto al papel, las prefiere más gruesas y nos mostró un ejemplo. De repente me vino a la mente la escena de American Psycho donde el papucho de Christian Bale muere de envidia por unas tarjetas. Angela se animó a dirigirle un par de palabras y Ely regresó al cabo de unos minutos y para mi asombro ninguna puso cara de quítenme-al-plasta. Nos hizo soltar varias carcajadas con sus ocurrencias. Cualquiera sabe que una mujer prefiere pasar largo rato con un chico que la hace reir.
Habló sobre muchos temas, demasiados, supongo porque lubricadas las palabras le fluían las ideas. Dijo que la mejor manera de adelgazar eran los street tacos porque te dejaban una semana sacando los intestinos. Nos preguntó que por qué si pedía un sandwich de jamón y queso invariablemente le ponían jalapeño. Habló sobre lo que la BBC dice sobre México: el record de la torta más grande y el News Divine. Hasta sacó el dato curioso sobre por qué el parque de diversiones se llama Six Flags. También platicamos sobre cómo son las chicas inglesas a diferencia de las mexicanas. Externó su sentimiento sobre salir corriendo para el otro lado cuando una chica ordena langosta en el restaurante. Le comenté que la mexicanas preferimos la carne al pescado y sacó el tono kinky. Hmmm prefieren la carne, interesting. Además cerré con la de ocho, el jueves es mi cumpleaños y esperaba serenata por lo que traté de enseñarle la letra de las mañanitas. De repente sacó una libretita de notas, de esas como las que usan los detectives, mmmm no estoy segura si era una moleskine, y dibujó un pentagrama. Ese pequeño gesto le hizo merecedor de toda mi atención el resto de la noche y coquetear con la idea de que si me lo pidiera en ese mismo instante podríamos pasar la noche juntos para una mejor inmersión en la cultura.
Cuando se acabaron los tragos y se fueron las otras dos mesas decidimos terminar la noche, aún lluviosa. Scott me regaló la tarjeta de la estrellita y entonces pensé en cómo han cambiado los tiempos. Ahora los chicos nos dan su número de teléfono o por lo menos este gentleman. Cualquier movimiento en falso es causa de especulaciones. Las mujeres imaginamos cosas que no vienen al caso. ¿Por qué no me habrá dado la del cartonsote? Será su favorita? o le dará codo? Hmmm muy mal signo. Cuando volví a verla sonreí. Ja, que chistoso se apellida Dunlop, como los tenis.

Recuerdo que en la prepa nos mandaron a la biblioteca de méxico. No recuerdo exactamente para qué pero seguro el profesor lo hizo para que la pisaramos, por lo menos una vez en la vida. Fui con una amiga en riguroso metro porque el coche no me lo prestaban y ella no tenía. Salimos del metro balderas recorriendo ese largo pasillo, repleto de puestos de libros viejos y no tan viejos, que te lleva a la biblioteca. Caminabamos baboseando hasta que algo capturó mi atención y de inmediato la paré en seco. Antes nuestros ojos y por primera vez una Playgirl. Guau. Embolsada y todo. La reacción fue inmediata. Vamos a comprarla le dije. Ella me secundó. Con nuestra cara de moconetas pubertas lo primero que pensé es que el tipo seguro no nos la iba a vender, por aquello de que eramos menores de edad pero vamos, estamos en México.
Cuando le señalé la etiqueta, ella brincó de emoción. ¡¡Tres cincuenta!! Simultáneamente nos metimos las manos a las bolsas del pantalón, pero como buenas estudihambres sólo traíamos para el pasaje pero aún así logramos juntar los tres pesos con cincuenta centavos. Como sabía que ella era la más valiente le dije que era su turno de pedírsela al voceador con cara de pocos amigos. Mis manos sudaban y mi corazón tenía taquicardia porque pensé que el señor nos la iba a negar. Tan sólo imaginar lo que había adentro me carcomía el pensamiento y el morbo. ¡Guau! hombres en pelotas. ¿En realidad vamos a ver miembros enormes y cuerpos musculosos? Yo no podía con la emoción cuando ví que el don del puesto le comenzó a quitar la pinzas para bajarla. En eso escuché algo que hizo pedazos la ilusión. Son cincuenta pesos, dijo. ¿Qué? pero si ahí dice tres cincuenta. El tipo sonrió y me dijo. “Esos son dólares”. Chale. De repente el sueño de ver el cuerpo mamado y musculoso de un hombre en pelotas se esfumó. Obviamente nos atacamos de la risa y ya no compramos la revista. Hoy me entero que la edición impresa dejará de hacerse. Q.E.P.D Printed Playgirl.

Pastar. El acto de pastar es sólo para bon vivants. Nuestros ilustres albañiles que con toda desfachatez se apoderan de las pequeñas extensiones de pasto verde, aunque sean camellones, siempre me causan envidia. No hay nada como tirarse con el ombligo al cénit y ver las nubes cambiar de forma. Esa actividad tan simplista pero excesivamente hedonista sólo la he visto en Europa.
Cuando llega el verano, los parques se llenan de personas que extienden su toalla, sacan un libro y beben vino, mientras disfrutan del calorsito del astro rey. El pasto parece de utilería, verde que te quiero verde, con un corte impecable como los que le hacen al estadio azteca. Me da envidia. Mucha. Cada vez que camino por la pestilente alameda y veo como tratan de sobrevivir tres pastitos entre la basura, pienso que jamás podré pastar en ningún parque de la ciudad, sin caer encima de una mina.
El césped en las oficinas es un cuento distinto. Gastan un dineral por tenerlo siempre verde, bien podado y parejito. En la empresa donde trabajaba existe una extensión de pasto pulcro y bien regado al centro del corporativo. Cuando recién llegué, pregunté por qué nadie baja a pastar, la respuesta fue simple: hay francotiradores en la azotea. Ahora que trabajo en el sur, todas las mañanas veo el pasto que está a fuera de mi oficina y pienso: cómo me gustaría que fuera sábado, que no fuera mi oficina, y que fuera un lindo parque público para sacar mi canastita de picnic y tirarme a ver las nubes pasar.

Ya viene mi cumpleaños y estoy pensando que alguno de estos regalos serían formidables
1. Viaje todo pagado por una semana a una playa hippie.
2. Un fin de semana en un spa.
3. unas sillas de madera acapulqueñas
4. una mac book
5. unos patines blancos con rueditas rosas
6. un pantalla de plasma
7. un iphone
8. un equipo de sonido para el chante
9. unas Dr. Martens rosas o en su defecto con animal print.
10. un canchanchán


