Por alguna extraña razón había imaginado el EcoFest como una bolsa de valores en donde la gente gritaba y se arremolinaba frente a los puestos para negociar el intercambio sus botellas de PET por jitomates, por suerte resultó ser algo bastante más relajado hippie-buena-ondita. Mejor escenario no pudieron haber escogido porque el bosque de Chapultepec le daba el toque perfecto para convivir en armonía con la naturaleza. La gente abarrotaba el lugar desde temprano el sábado y estaba realmente interesada en informarse sobre cómo poner su granito de arena. Preguntas como El papel de baño usado en que bote va ¿en el orgánico o inorgánico? Ese es el tipo de preguntas que fueron resueltas por los expositores. No solo había botes orgánico e inorgánico sino también para separar papel, aluminio, vidrio y plástico.
Conforme avanzaba en los stands la cosa se iba poniendo cada vez más interesante. Vehículos ecológicos, vasos y platos que se destruyen en un periodo de 90 días, papel hecho a mano, casas sustentables, jardines verdes, intercambio de ropa en buen estado, hidroponia, bicicletas de bamboo hasta iniciativas como adopta un jardín en tu colonia. El entusiasmo de los participantes se hacía notar en cada rinconcito. Talleres para hacer objetos de materiales reciclables hasta como comprimir la botella de agua de PET que luego podía ser intercambiada por una playera de algodón orgánico. Todo era tan sonriente y buena ondita que parecía una hermandad hippie con todo y sus hare krishnas.
Como estoy en mi etapa gourmet todo lo que fuera gastronomía me llamaba la atención. Desde las especias exótica hasta una salsa de betabel, xoconostle, jamaica y chile que estaba brutal pasando por las alegrías de chocolate oscuro y amaranto para poner ojito de huevo y exclamar Mmmmm. Me llamó la atención que también había cursos de cocina para comer sano y delicioso pasando por el catering de cocina chiapaneca con bocadillos de betabel crujiente con rucola, tomate cherry y mango para alguna cena apantalladora. Aparte de los cultivos de jardines verticales, pañales ecológicos hubo algo que me capturó. Los tampones que no son tampones que son mas bien como un cucurucho para contener la sangre del periodo que me llenó la cabeza de interrogantes sobre cómo podrías rehusar el artefacto sin sentir que mataste a alguien cada que te lo cambies.
Maletas y bolsas hechos con la lona de los espectaculares de cerveza que además en la compra de cada artículo cuyo precio era bastante accesible estabas ayudando a personas con discapacidad me llamaron la atención. Hay que ver cómo es la banda de borracha que el lugar donde estaban dando degustación de vino chileno orgánico había un muro de pubertos haciendo se pasar por sommeliers pidiendo una y otra vez la variedad de merlot, shiraz y chardonnay. Eso sí donde estaban los mezcales estaba vacío porque las botellas estaban cerradas. Lero lero. Emobobada con los artículos hechos a mano de materiales reciclables llegué al stand del cual no podía salir de mi asombro. ¡Libérate! Haz pipí de pie ¿? Para demostrarlo había un maniquí con camisa rosa y pantalón con bragueta abierta del cual salía un chorro de agua que regaba flores y que la gente se tomaba fotos. No le encontré el lado ecológico pero creo que es lo que toda chica ha soñado alguna vez en su vida. Si no fuera porque me gusta la carne casi salgo vegetariana además no me fui con las manos vacías e invertí en un delicioso y aromático café orgánico de Chiapas.
Las leyendas sobre las gallinas con o sin cabeza que dan huevos como degeneradas porque no les apagan la luz puede ser un mito o una realidad pero si hay algo que le aprendí a los suizos es que se fijan en lo que comen. En los súpers están marcados el lugar de origen de las cosas. Por esa razón sabía que a veces podía encontrar limón verde de México o de Brasil, que las fresas pueden venir de Israel o España y que las Piñas esencialmente vienen de Costa Rica. No es lo mismo consumir jitomates de la región que del otro lado del mundo. Hay miles de kilómetros de recorrido, ya sea por aire o por tierra, cámaras de refrigeración que le dan en todita la madre naturaleza al sabor y al medio ambiente.
Hace poco ví un documental sobre los Locavores, personajes que consumen solo lo se produce en 100 millas a la redonda, fomentando así el consumo local y evitando uno de los factores que provocan el cambio climático. Suena hippie, lo es pero de cierta forma es tener conciencia sobre lo que nos comemos, de dónde viene y que además de que no tiene conservadores y cosas dañinas que al final acabar por dañar no solo el planeta sino también nuestra salud (cof, cof, glutamato monosódico) ayudan a la economía local. A veces me sigo preguntando porqué las fresas que produce Michoacán van a dar a EU para ser etiquetadas y embaladas en una caja bonita para regresarnolas al doble de precio.
Quizá una de esas razones y la inquietud de encontrar productos frescos, libres de químicos y cámaras de congelación motivó a la creación del mercado el 100 en la colonia Roma. Productos orgánicos de lugares no más lejanos que Tlaxcala que incluyen huevo de gallina y codorniz, hierbas, lechugas, salsas, conservas y una cantidad de productos locales. A juzgar por la cantidad de extranjeros que abarrotan el lugar debe de ser una explicación de ellos saben algo que nosotros no y es consumir productos buenos. Así como no queriendo la cosa me animé a comprar un pan de avena y amaranto que se veía increíble. Me recomendaron refrigerarlo para que llegara durar hasta quince días porque no tenía conservadores. Tengo que decir que no duró ni una semana de lo bueno que estaba, esos sí 55 pesos por una barra de pan no es precisamente barato. El mercado se pone cada quince días sobre la plaza Río de Janeiro, esa en la que se encuentra la fuente de El David recién charoleado. La verdad uno no sabe lo que tiene hasta que lo consume. Bon appetit!
Que una dama te invite un trago es una oferta difícil de rechazar. Aún cuando estaba en horario de trabajo no pude rehusarme a que Sisi, la austriaca que vino a México hace 30 años y ya no se fue, me invitara un trago. Pedí una cerveza para no verme tan encajosa además que el clima se antojaba para una bien muerta. De pie junto a las servilletas y limones en el canal junto a la barra, Sisi bebía vodka con agua mineral porque el agua quina le sabe a veneno mientras se llevaba a la boca uno de esos pitillos que tienen cartuchos de nicotina o algo parecido supongo para no estar saliendo o intentando dejar de fumar. ¡Qué tiempos aquellos donde se podía fumar en las cantinas! y en las cuales tampoco daban acceso a niños, mujeres y uniformados como dicen los letreros que todavía conserva una de las cantinas más antiguas de la ciudad, Tío Pepe que además creo tiene el segundo registro mercantil. La impresionante barra de caoba art nouveau traída desde Francia le da al sitio todo el esplendor de mejores épocas aunque por fuera no des un clavo. Traspasando las adorables puertas se entra a otra dimensión.
Sisi, mujer elegante de alrededor seis décadas poseedora de un look a la Jacky’O emana perfume caro y mucha seguridad, cuenta que este lugar solía tener el mejor ambiente plagado de personajes pintorescos. Recuerda, con especial cariño, al comandante que había mudado su oficina a la cantina. Se siente un ambiente familiar que va desde los empresarios de la calle, locatarios del barrio, músicos veteranos, vendedores y hasta el cantinero que dice acaba de cumplir 50 años de servicio. Sisi dice hace mucho que no regresaba porque el lugar ya no es lo mismo ya que los parroquianos han ido desertando poco a poco porque la luz al final de túnel se lo ha tragado. Trabaja por la zona y sin temor a equivocarme puedo asegurar conoce todas las cantinas del centro. Enumera las muy bonitas y famosas como la Ópera que describe como un lugar fantástico pero con la comida más terrible de la zona. Cara y fea.
De pronto se une otro parroquiano a la conversación que también se nota que el tema de las cantinas le prende y comienza declamando una frase que dice así Las cantinas, templos de dos hojas donde la palabra se humedece cuya autoría le atribuye a Ricardo Garibay. Sisi y el empresario de la zona comienzan un debate exhaustivo sobre los famosos templos donde las palabras fluyen bien lubricadas. Parece un partido entre Roger Federer y Nadal. Que si La Vaquita, que si la apestosa, que si la Generala. Un recuento exhaustivo de ventajas, virtudes y defectos de cada una de las cantinas del centro. Es tanta información que mi cerebro solo alcanzo a registrar a la que le apodan La Apestosa porque olor a gato encerrado y una clandestina que abre a las 7 de la mañana. Casi me siento en un relato de J.M. Servín. El que no haya visitado una cantina no conoce México digo yo.
Un amigo que conservo desde la universidad al que le gusta la buena vida igual que a mí sobretodo en cuestiones culinarias (sin albur) me dijo que había descubierto un lugar para comer como embajador francés con presupuesto de Godínez, como quien dice comida corrida gourmet por 70 pesitos. No es que haya dudado de su paladar pero el precio era asimilable comparado con la descripción que hizo de los sagrados alimentos. Para salir de la duda nada como comprobarlo en paladar propio sin elogios ni tapujos.
Enclavado en una zona bastante pintoresca de la Colonia Del Valle, en una de esas calles repletas de jacarandas, se encuentra Piloncillo y Cascabel, comida mexicana contemporánea o como algunos le llaman fusión. Llegamos un poco tarde pero sin el susto de que se acabara el menú gracias a que mi amigo llamó para apartarlo porque dice le ha tocado quedarse con las ganas y la boca abierta de tan popular que se ha vuelto este rinconcito. Paredes rojas, fotografías de corazones de hojalata y un anaquel de libros de cocina dispuesto para los curiosos. El olor era irresistible, algo que entraba por la nariz y que hacía que el estómago brincara de emoción y que la boca produjera exceso de saliva que no había más que tragar.
A pesar de que había gente antes que nosotros la espera no fue larga y nos instalamos en una mesa cerca junto al ventanal. Al entrar te recibe un anaquel vertical con cestas casi vacías de pan hecho a mano que se sirve calientito con los alimentos. Me gusta que el lugar tenga ventanales enormes que dejen pasar la luz aunque los clientes que se encuentran sentados afuera pueden padecer del olvido de los de por sí pocos meseros. Los comensales, en su mayoría hombres solos de muy buen ver, aguardaban con ansias sus platillos. A mi ya se me cocían las habas por probar los manjares.
Nos habían dicho que el agua de jamaica y frambuesa ya se había acabado pero al recordarle que habíamos apartado el menú entonces hizo su aparición en nuestra mesa. Sirvieron el primer tiempo. Rebanadas de manzana y jitomate, rucola, cubitos diminutos de algo que podría decir era apio y ¡oh sorpresa! trocitos de chistorra. Ajá, chistorra. Todo eso bañado con una salsa inexplicablemente sabrosa. No puedo describir la explosión de sabores en el paladar. Agridulce, salado, amargo, fresco, etc. No podía creer lo absolutamente deliciosa que estaba la ¿ensalada de chistorra? Me había gustado tanto que la porción se me hizo pequeña pero si así está la entrada ya quería ver el plato fuerte.
Segundo tiempo. Hamburguesa de carnero sobre una rebanada de pan de zarzamora sobre una delicada cama de papas cocidas finamente rebanadas con algo que puedo intuir era cebolla aderezada con una salsa blanca que no supe distinguir sabores con trozos de mango sobre lonjas de calabaza y aceite. La cosa más exóticamente delicosa que haya probado en un restaurante de la zona. De nueva cuenta los sabores mezclados rebasaban todas las expectativas del paladar hasta llegar a pensar ¿cómo diablos se puede estar comiendo carne con mango y pan de zarzamora sin ser una embarazada con antojos raros y además disfrutarlo hasta la última migaja?
Vino el postre. Un sorbete de sandía estúpidamente fresco que al final después de absorbido por completo el sabor del hielo quedaban pedacitos carnozos de la fruta para masticar. Pasumecha. Por obvias razones de cultura y civilidad el postre es imperdonable. Así que compartí una concha de nuez con un café como Dios manda, que además la mesera tuvo la gentileza de preguntarme cómo me gustaba si ligero o cargado. Pulgares arriba. Mi amigo dice que es asiduo y que todavía no le ha tocado repetir menú y que cuando piensa que ya lo ha probado todo lo sorprenden con alguna otra combinación inimaginable.
El único inconveniente es que se encierra el calor al interior y que puede que las porciones te dejen con ganas de más pero que definitivamente el chef Wenceslao, joven egresado del claustro de sor juana con voz cachonda, se rifa en la cocina. Uno hasta podría pensar que le echa algún polvo mágico porque de que seguro regresas, regresas porque es una experiencia que vale la pena repetir.
En nuestra gustada sección Tuneando al candidato les traemos para ustedes a Checo intervenido por los generosos artistas espontáneos de la calle que con su chicle le dieron su manita de gato. Lo bueno es que a Checo y sus banderines indestructibles de plástico les duró una semana el gusto porque a los chintololos no les gustó su jeta ni que les tapizara la colonia con su basura electorera. Yo hice lo propio con fotochó en un claro homenaje a Lulú. Recuerden que nos estamos preparando para la grande. Consuma frutas y verduras.
A esta ciudad que tanto quiero le hacen falta más áreas verdes y centros deportivos que centros comerciales y food courts. El año pasado me enteré que dentro del deportivo Reynosa, en las fronteras de la colonia Nueva España que parece que matan con tortilla dura muy cerca de la UAM, se encuentra en funcionamiento el Centro Acuático Azcapotzalco. Moría de ganas de ir porque ya no puedo vivir sin alberca me siento como pez fuera del agua especialmente ahora que hace un calor desértico. Traté de pedir informes por teléfono sin embargo las personas del Deportivo Reynosa me dijeron que la alberca funciona de manera independiente y que no tenían el teléfono. De todas maneras quería ir a conocer las instalaciones.
La gran sorpresa fue encontrarme con un gran domo tipo chocorrol que protege la maravillosa alberca olímpica. Sí, así como lo oye. O-lím-pi-ca aunque supongo que por la afluencia dispusieron los carriles a lo ancho y no a lo largo. La luz se filtra por la rendijas del domo que ilumina las enormes banderas que penden del techo. Hace mucho que no veía una alberca tan bonita en el DF. El calor al exterior es insufrible sin embargo adentro se siente agradable mientras observo a las mamás tejer, leer, comer mientras esperan a que sus cachorrros salgan de clase. Quería meterme al agua en ese mismo instante así que corrí a pedir informes.
Te piden una serie de papeles quizá hasta un poco excesivos (¿pa’ qué chingaos quieren el CURP?) pero conseguibles incluyendo hasta el folder sin embargo hubo un detallito que me desagradó. Más allá de contar con profesor y que haya horarios específicos lo que me pudo fue que hay que comprar el traje de baño del lugar. Obviamente corrí a la tienda a verificar si estaba en dentro mis estándares de calidad y gusto solo para darme cuenta que es la cosa más horrenda del universo. Diseñado para ocultar las carnes, porque no encuentro ninguna otra explicación para esa obscena cantidad de tela, resulta un modelito del siglo pasado de cuando se inventó el primer traje de baño y que además tiene mucho menos tela que éste. Es negro, desfavorecedor de a madres y tiene una franja gruesa roja a los costados. Voy de acuerdo con que uno no tiene porque andar viendo abundantes carnes de las señoras ni las panzas de embarazados de octillizos de los señores. Bastaba con prohíbir el bikini pero ese costal de papas es un exceso de todas las formas posibles. Guácala. Sin embargo creo que son más grandes mis ganas de sumergirme en la piscina. Apechugaré.
Recuerdo cuando iba de mi casa en el centro a mi trabajo en Polanco surcando avenida Reforma a toda velocidad sobre la amplia banqueta en mi bici roja. Aprendí a calcular tiempos entre un semáforo y otro, brincar banquetas y esquivar la orda de peatones que se les hacía tarde a su trabajo sintiéndome la dueña de Reforma. Todavía no había ciclovía ni ecobicis. Los automovilistas enloquecían porque los polis jugaban con la circulación mientras mi bici y yo sentíamos el viento en los cachetes y el olor de las tortas de tamal. El aroma de la libertad. El recorrido culminaba con la entrada a la imponente puerta de los leones que no es otra cosa que el acceso al nuestro pulmón verde, el bosque de chapultepec, que en las mañanas es una auténtica delicia. Traspasando la reja garigoleada la calma regresaba, mis niveles cardiacos volvían a la normalidad y el estrés de haber sobrevivido a los claxonazos y aventones de coche me dejaba disfrutar de las piernas de los soldaditos que marchaban y de uno que otro deportista en shorts. Era mi momento preferido del día.
Un buen día cerraron la entrada de los leones y tuve que cambiarme de lado teniendo que sortear los coches que van como alma que lleva el diablo que se incorporan de circuito interior. Uno de esos días un taxi se me cerró y el retrovisor alcanzó a darle al manubrio haciéndome ver de cerca el pavimento. Más allá de los raspones, que no usé tacones por unos seis meses y el susto volví a subirme a la bici pero ahora con mucho más cautela y adivinando los movimientos de los malditos cafres. Las rejas de los leones continuaron cerradas sin explicación aparente aún cuando el único día que cerraban el acceso al bosque era el lunes. Tuve que blindar mis nervios y acostumbrarme a convivir con los coches además de tomar atajos que invadían el área peatonal sin embargo extrañaba saludar a los niños héroes y las piernas de los soldaditos que alegraban mi mañana. Hasta que llegó el día en que me enteré que la pequeña explanada antes de los leones estaba cerrada porque construirían el arco bicentenario.
Me metí a internet a curiosiar el proyecto y saber qué le iba a pasar a mis amigos los leones. Sería una explanada que conectaría los alrededores haciéndola más amigable para los peatones. De cierta forma pensé que sería mejor meterle esa lana al jodido, apestoso y hediondo metro chapultepec que tantas pesadillas y maldiciones me provoca. De todas formas cualquier cosa que opacara esa maravillosa entrada felina don Maximiliano estaría retorciéndose en su tumba. Cuenta la leyenda que la avenida Reforma se construyó para que Carlota viera desde el balcón a su amado llegar al Castillo de Chapultepec. Ya me imagino que ahora la vista que tendrá ahora. Los leones quedaron cubiertos en unas cajas de conglomerado para protegerlos pero pasó mucho tiempo antes de que volvieran a ver la luz y edificaran ese esperpento nulificando la tan característica reja verde de Chapultepec, que hasta canción tiene. Tuve que ir a comprobarlo con mis propios ojos.
Casi podría compararla en fealdad con el mega árbol de navidad que Marcelo mandó a instalar para celebrar un récord Guiness y la navidad del 2009. De día la suavicrema, como la han bautizado, es una bebida deslactosada light y un queso tofu tiene más onda. De noche la iluminan pero aún así la jiribilla brilla por su ausencia. No tiene ángulos interesantes y es mucho más interesante de fotografiar el edificio que está a un lado de torre mayor. Todavía el árbol de marcelo en la noche se veía simpaticón. Sólo que a diferencia del mega árbol ese lo quitaron cuando acabaron las fiestas. Además de que no es bonita, ni interesante, ni está construída con materiales mexicanos tampoco tiene utilidad. Pensé que al interior tendría un elevador o que mínimo sacaría un haz de luz como la torre Eiffel desafortunadamente las únicas chispas provienen de mi berrinche al ver la porquería que construyeron que ni siquiera tiene el trazo de la explanada peatón friendly. Se encuentra vacía de todas las formas posibles. Construyeron un museo en la parte inferior que habrá que ver ahora que esté funcionando (por ahí del 2014 sino es que se acaba el mundo) además por alguna exótica y extraña razón hay códigos QR en los tapones ¿? Más allá de lo fea, polémica, corrupta, obscena e inútil estela de luz lo que más me puede es que hayan completamente obstruído la maravillosa puerta de los leones. Pero hay un Dios…
¿Qué pasaría si los hombres se comportaran como mujeres y viceversa? Esa es la premisa de The Flip Side. Eso es ponerse en los zapatos del otro.
Echar la pestañita o el coyotito: dícese del acto de cerrar los ojos unos minutos para recuperar fuerzas. El fenómeno me llama mucho la atención porque si bien es cierto que después de comer macizo entra sueñito y dan ganas de echarse un coyotito quienes son los reyes de dicha práctica son los caballeros. En mis andanzas por las cafeterías de esta ciudad siempre encuentro un señor echándose descaradamente un coyotito. A veces hacen la finta de que están leyendo o andan muy concentrados pero al poner un poquito más de atención se nota que hasta sueños eróticos han de tener. Sé que en ciertas regiones del país, especialmente donde el calor es insufrible, practican la siesta. Creo que los legisladores, campeones en echar la hueva, no han hecho bien su trabajo y la siesta debería ser obligatoria en todo el país sino seguiremos teniendo casos de señores adormilados que ocupan asiento en las cafeterías.










Vista desde ese punto la ciudad parece ser una más cosmopolita y moderna de lo que realmente se ve a nivel de cancha. Edificios altos de arquitectura moderna y un atardecer matizado con nubes cargadas de lluvia. A lo lejos se aprecian los rayos, fuegos artificiales y cómo poco a poco se van iluminando los anuncios de los hoteles cercanos. El DF de noche es una maravilla. Probablemente la experiencia de estar arriba sin anuncios espectaculares con jetas abotagadas de políticos, cables de luz y la cantidad de publicidad que a diario nos satura de imágenes puede ser la razón por la cual el mirador del Monumento a la Revolución atrae a parejitas adolescentes y no tanto. Sí, quizá ver el atardecer con tu pareja sigue siendo un cliché pero qué importa si cuando el viento sopla es un gran pretexto para abrazarse y besarse. Seguramente la gente del monumento a la revolución también lo habrá notado es por eso que les piden que suban se tomen una foto besándose y la compartan.
Es viernes y esperando a ser bateada porque las seis de la tarde es la hora en que normalmente cierran los museos, me acerco a la señorita del elevador y me indica que tengo que pagar 40 pesos o 20 si tengo credencial de estudiante para poder subir pero le digo que si ya van a cerrar no tiene caso. Me dice que los viernes y sábados cierran a las 10 de la noche. Ni tarda ni perezosa corro a la caja antes de que cambie de opinión o el sol se esconda. El chico del elevador nos explica que estaremos a una altura de 52 metros suficiente para poder apreciar la ciudad como se debe. El domo de cobre de color verdoso parece estar ceramizado como celdas de abeja en panal. El lugar ha quedado hermoso después de la exhaustiva renovación que además inlcuye una mini cafetería y bancas para la contemplación. Dos hummers con reguetón a todo volumen pasan con quinceañera que saluda cual señorita méxico por por el quemacocos. Pienso en cómo los tiempos han cambiado para haber cambiado la calabaza por un vehículo ostentoso ¿Dónde quedó la magia?
Santa Fé está cubierta por una densa bruma gris que podría decirse que está lloviendo o se encuentra más contaminada que nunca. Del otro lado se aprecia una ciudad que parece ser del primer mundo iluminada con banderas agitándose en un clima lejos de los claxonazos. Cuánta paz y tranquilidad se siente en este lugar. Unos barandales de un denso vidrio lo suficientemente altos para disuadir a los suicidas son limpiados obsesivamente por una vigilante. De pronto por el frío me dan ganas de ir al baño y pregunto a la señorita del trapo que dónde se encuentran. Me dice que me tiene que acompañar y aquí es dónde comienza el viaje.
Hay que bajar trienta y seis escalones para accedera a los sanitarios. La vigilante los tiene bien contados porque cada vez que alguien tiene necesidad tiene que sumergirse al interior de la cúpula. Es como estar adentro de un robot. Complicadas estructuras metálicas se aprecian hasta llegar a un lugar poco posible para un baño que me deja sin habla. Debe de ser uno de los secretos mejor guardados. Cuando pienso que se ha ido la señorita del trapo sigue esperándome para escoltarme de nuevo a la terraza. La noche ha caído y observo con cierto morbo a la gente que valiéndole gorro el clima se mete a las fuentes luminosas que funcionan los primeros quince minutos de cada hora. A partir de las seis de la tarde funcionan ininterrumpidamente. Decido bajar a ver de qué se trata.
¡Qué locura! Niños, jóvenes y adultos se meten sin ningún pudor a los chorros que avienta la fuente. Cambian de color y el patrón de comportamiento es difícil de decifrar por lo que los gritos de sorpresa no se hacen esperar. Frente a mí las parejitas que están tomando valor para meterse pero es realmente increíble ver como aún con los derrapones, sentones y lo fría que debe de estar el agua la gente parece divertirse y mucho. Sea como sea es un espectáculo digno de ser apreciado.
Güerotix
Paradise City
Amante de la vida cotidiana, apasionada del arte en sus múltiples formas, exploradora de nuevas formas de vida. Rumbera de clóset.